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En los días en los cuales conmemoramos Yom HAshoá, en recuerdo de nuestros seis millones de judíos asesinados por la maquinaria nazi, recibimos la extraña (o no tan extraña) noticia del otorgamiento del Premio  Gandhi de la Paz al fundador del BDS, Omar Barghouti, por parte de la universidad de Yale.

El galardonado Barghouti, egresado de la Universidad de Tel Aviv, pertenece al selecto grupo de personalidades que no reconocen el derecho de los judíos a un estado propio.  Para ello, niegan conceptos fundamentales de la historia de la humanidad y del pueblo judío.  Ni siquiera considera a los judíos un pueblo.  Y luego, se concentra en deslegitimar y vilipendiar al Estado de Israel, con toda clase de falsedades y medias verdades.

El movimiento BDS, que pretende asfixiar a Israel mediante boycott, sanciones y cese de inversiones, constituye el último invento de quienes militan la causa de la destrucción del Estado de Israel, destrucción que no han logrado por vías bélicas, de aislacionismo o de agresión en cuanto foro internacional haya.

Este invento, novedoso, con grandes recursos económicos y un marketing impresionante, apoyado por organizaciones y entes en apariencia prestigiosas y de abolengo, es una variación más de un fenómeno de difícil explicación y aún más difícil erradicación: antisemitismo.  Judeofobia es quizás el término más acertado.  Pero ambos dejan entender la verdadera intención.

El antisemitismo en nuestros días no es políticamente correcto, ni está bien visto.  Pero existe y es profesado por muchos y distintos sectores de la humanidad.  La forma más elegante de disfrazar este credo es bajo la figura del antisionismo, y la condena al Estado de Israel.  Es así que, sin ninguna vergüenza, se apoya a alguien como Omar Barghouti y su BDS, y además se le condecora.

Los momentos en los cuales suceden ciertos eventos le dan una especial significación a los mismos.  En momentos en los cuales suenan las sirenas en Israel para recordar seis millones de asesinados, cuando el Estado Judío se paraliza de conmoción y terror ante lo sucedido tan solo hace pocas décadas, Yale, cuna del saber occidental y de la elevación del hombre por el conocimiento, le confiere a Barghouti un premio por su labor antisemita, judeofóbica y antisionista.  Entonces, en la inocencia propia de quienes creemos en la bondad humana y en la sinrazón de algunos en la historia, logramos saber y conocer, que no entender, algunas cosas.

Por circunstancias como las que Yale propone y acciona, por silencio cómplice y cómodo de otros, por no ver la gravedad de ciertas cosas aún en el momento de su tierno y letal inicio, es que los judíos fueron masacrados.  El Primer Ministro de Israel, Benjamín Netaniahu, en su discurso de Yom Hashoá en el Museo del Holocausto, mencionó que las potencias aliadas hubieran podido salvar la vida de cuatro millones de judíos si tan sólo hubieran bombardeado los campos de concentración.  En la II Guerra Mundial, el mundo entero permaneció impasible ante Hitler, sus amenazas y sus acciones.  Sacó una cuenta de corto plazo: apaciguar a la bestia nazi a costa de la sangre judía.  Los judíos pagaron el precio, la humanidad carga con la culpa.

En nuestros días, Yale y sus acólitos son quienes promueven la destrucción del Estado de Israel.  Con mentiras, distorsiones de la verdad y en definitiva, mostrando la verdadera faz de su percepción de los judíos y de lo judío: odio y animadversión.  Negación de sus derechos y de su historia.

Yale no vale.  Lo que vale es que los judíos, los hombres de buena fe y voluntad lo sepan y también sepan cómo actuar.  Eso sí vale.

 

Elías Farache S.

 


 

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