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Ya la situación de completa anarquía en algunos conocidos municipios del país se esta tornando enervante, como un ignominioso deja-vu de lo acontecido en 2014, a pesar de que según el gobierno acontecen en menos del 1% del país. No cabe duda que un amplio sector de conciudadanos participa activamente en las acciones de calle, debido a un democrático rechazo a las enormes equivocaciones y omisiones del gobierno, opiniones con las cuales muchos nos podemos solidarizar. Sin embargo, los moradores de amplios sectores de clase media están avalando la ocurrencia de aterradoras acciones de vandalismo en sus urbanizaciones, siendo lo preocupante que como resultado combinado de la desquiciante manipulación de las redes sociales con la poco profesional cobertura de los hechos por parte de los inefables medios de comunicación de siempre, los hechos son mimetizados maquiavélicamente con el constitucional y manido derecho a la propuesta pacifica.

Como en criminología, la sospecha primogénita recae necesariamente sobre quien es “beneficiado” por la comisión del hecho punible, y ante la alarmante cifra de venezolanos fallecidos en lo que va de manifestaciones “pacificas”, es evidente que es a la oposición con su discurso de “represión” a quien le conviene presentarse ante el mundo como la parte agredida. En una suerte de argumento discutible pero respetable, no se entiende que beneficio le traería al gobierno una política de exterminio de manifestantes indefensos, cuando esta dentro de las posibilidades matemáticas una intervención extranjera por razones humanitarias, mientras que estos lamentables decesos apuntarían mas claramente al objetivo de las actuales protestas que según sus mismos impulsores es la de crear ingobernabilidad en el país.

Dentro de la espiral de odio alimentada irresponsablemente por multitud de fuentes, se estimula la participación de jóvenes estudiantes, así como de adolescentes y menores de edad, en demenciales demostraciones de descontento, transformando automáticamente a sus autores en paladines de una acción justiciera que los desgastados actores de la oposición no son capaces de transmitir a sus seguidores. Estos mismos sectores que muestran un irracional respaldo a la presencia de estos nuevos héroes con capucha dentro y fuera de sus urbanizaciones, profesan a la par un vasto rechazo a cualquier proceder disuasivo de los cuerpos de seguridad, pero paradójicamente en ocasiones rápidamente cambian de parecer. Así, cuando estos paladines inevitablemente arremeten contra propiedades públicas y privadas especialmente en aciagas jornadas nocturnas de absoluto terror para niños y ancianos, por arte de magia son etiquetados como colectivos o infiltrados, una vez que los vecinos contemplan asombrados los desmanes y escombros dejados a todo lo largo y ancho de sus municipios.

Algunos vecinos arrepentidos incluso llegan, en el cenit de las acciones vandálicas, a suplicar la presencia de las autoridades para controlar (o será mas bien, “reprimir”) las acciones en cuestión, especialmente cuando afectan locales comerciales. Como un caso digno de estudio psiquiátrico, habría que explicarse como persiste en estas urbanizaciones todavía un incuestionable respaldo a estos desmanes, o como es mantenida la percepción de que se trata de acciones pacificas o detonadas por la represión, cuando el vandalismo muchas veces se desata incluso antes de la presencia de los organismos de seguridad del estado, lo cual claramente constituye una provocación buscando algún saldo lamentable de vidas. Esta disociación es reflejada primordialmente en sectores sedentarios de los habitantes de los municipios, quienes no se ven obligados a transitar diariamente de sus casas a sitios de trabajo sufriendo las penurias que ellos irresponsablemente ocasionan a los demás.

Lo que resulta aun mas alarmante, es que durante los últimos días los usuales desmanes están siendo acompañadas por sofisticados ataques contra establecimientos privados catalogados unilateralmente como de “colaboradores del Chavismo”, por haber cometido el error de estar prestando servicios durante los horarios prohibidos por las convocatorias de la MUD. Esta calificación ha sobrevenido luego de incesantes llamados a través de las redes sociales, en una suerte de sofisticamiento de la tristemente celebre noche de los cristales rotos de la Alemania Nazi, cuando ocurrió lo mismo con empresarios juzgados sumarialmente por una opinión publica políticamente disociada. Actores, periodistas y empresarios, enpantuflados o no, y virtualmente todo el que se considera con capacidad de juzgar a sus coterráneos por su manera distinta de pensar, se mantienen agitando las redes con llamados criminales a perseguir a los políticos y empleados públicos (y sus familiares), mientras uno se pregunta, en orden de importancia, donde están los imperiosos llamados a la cordura de la iglesia, la OEA y la propia MUD.

En todo este contexto, la criminalización del Chavismo y especialmente de sus seguidores, es una estrategia deliberada y peligrosa, que nos esta colocando al borde de una guerra civil. Deshumanizar a la izquierda como estrategia política puede rendir sus frutos a corto plazo, pero la historia nos ha mostrado que las desapariciones forzosas, los campos de concentración y el genocidio tarde o temprano son atendidos por los tribunales de justicia. Esperemos que el temor por los juicios de Nuremberg pueda desestimular la incipiente noche de los cristales rotos, que algunos enfermos de odio se están encargando de fomentar entre hermanos.

“Desgraciado el hombre que destruye su propia patria y destruye sus propios espacios”

Simon Bolívar

 

Juan Carlos De Jesús


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