La búsqueda contrarreloj del último cazador de nazis

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Justicia… Venganza… Shoá…

«Justicia es lograr que los criminales nazis sean juzgados en los tribunales. Venganza es matarles. A veces me preguntan: ‘Si sabes quiénes son y dónde viven, ¿por qué no les matas?’. Yo respondo: ‘Tú crees que los diarios titularán ‘Asqueroso criminal nazi recibe su merecido’, pero lo que leerás es: ‘Judío vengativo mata a un anciano de 90 años’».

Nombre: Efraim. Apellido: Zuroff. Profesión: cazador de nazis. Hobby: baloncesto.

Este israelí nacido en Estados Unidos reza -sí, han leído bien- para que los criminales nazis no mueran. Al menos hasta que sean descubiertos y juzgados. Le irrita que se lleven su terrible secreto a la tumba o, si se revela, que no acaben en la cárcel por colaborar activamente en el genocidio judío.

Sus 190 centímetros de tesón, perspicacia, paciencia y humor son la dirección más solicitada cada vez que aparece una sospecha en alguna parte del mundo. Como director del Centro Simon Wiesenthal en Jerusalén, Zuroff busca ejecutores de la Shoá y exige justicia a los países donde viven plácidamente. Aunque sean nonagenarios con bastón. Sándor Kepiro, Lázslo Csatary y Dinko Sakic son sólo algunos de los nazis que habrían muerto como jubilados si no fuera por su trabajo. Es la misión de su vida.

Zuroff no pide perdón por que el cazado sea un inofensivo anciano en silla de ruedas. «Un asesino de miles de personas inocentes no se convierte en justo porque llegue a los 90 años. El paso de tiempo no debe proteger a los que cometieron atrocidades», sostiene respondiendo a una crítica que suele aparecer en sus viajes y conferencias en todo el mundo. «Créeme, respondo durmiendo a esta pregunta», dice a PAPEL, que le acompaña varias semanas en sus pesquisas. «Se lo debemos a las víctimas y a la lucha contra la negación de la Shoá. Es un mensaje que recuerda la terrible gravedad de los crímenes y que seguimos buscando».

Y algo más: «Si hay algo espeluznante de tantas décadas dedicado a esto es que ninguno de esos criminales que escaparon pidieron perdón. ¡Ninguno! Al contrario, siguen orgullosos. No tienen derecho a la simpatía porque no tuvieron piedad con sus víctimas que en algunos casos eran mayores de lo que ellos son ahora».

Su despacho en Jerusalén no llamaría la atención si no fuera por las decenas de fotos y expedientes de monstruos del pasado. «No podemos perder tiempo, ya que estamos en la prórroga», avisa en alusión a la avanzada edad de los clientes.

Todo empezó en los 80 cuando Zuroff trabajaba para la Oficina de Investigaciones Especiales del Departamento de Justicia de Estados Unidos en Jerusalén. «Mi misión era confirmar que Josef Mengele fue detenido y liberado por EEUU cerca de Viena a finales del 46. Debía encontrar a la persona que lo anunció al oficial de Inteligencia. ¿Cómo iba a hacerlo tras 41 años? Tuve acceso al archivo del servicio de búsqueda internacional en una lista ordenada de forma fonética. Letras dobles como si fuera una. Por ejemplo, W y V es lo mismo», recuerda.
El joven Zuroff tardó 60 minutos en darse cuenta de cómo funciona. «Esa hora cambió mi vida. De ser un joven estudiante investigador me convertí en cazador de nazis. Supe acerca de los que huyeron a países anglosajones con acceso a sus tarjetas con su destino de emigración, barco, fecha… Me di cuenta que en pocos minutos puedo llegar a saber dónde huyeron los nazis. En ese momento dijo: ‘¡Eureka!’».
Tras encontrar 16 nombres de criminales nazis que huyeron a América, Zuroff acudió al Centro Simon Wiesenthal para informarles de que podía localizar a miles de sospechosos.

Nacido hace 68 años en el seno de una familia religiosa en Estados Unidos, lleva el nombre de su tío abuelo, Efraim, asesinado por los nazis en Lituania. Su abuelo quería que fuera rabino. Pero el chaval de Brooklyn tenía otros planes: ser el primer jugador judío religioso en la NBA. Acabó siendo famoso, pero no como estrella de los Knicks.
Le entrevisto ahora como el último gran cazador de nazis y no como exjugador de la NBA…

(Carcajada) Sí. Jugué en la selección del instituto pero no era suficientemente bueno para ser profesional.

¿Hubiera cambiado los papeles?
Teóricamente hubiera podido retirarme como jugador y luego dedicarme a lo que hago. Muchos me confiesan que su sueño es tener mi trabajo.

Zuroff no acabó en la pista del Madison Square Garden sino en la grada de Arena Jerusalem, donde anima a su Hapoel con la misma entrega con la que golpea la puerta de gobiernos en busca de nazis camuflados en la rutina y olvido.

Algunos países le ven como un estorbo que les obliga a reabrir una de las páginas más tenebrosas de su historia. «Es muy difícil, ya que me enfrento a fuerzas y elementos muy grandes», lamenta. Con media sonrisa, este Quijote nos enseña la portada del principal diario lituano. Una foto y dos palabras: Stop Zuroff. «Soy el judío más odiado en Lituania», resume añadiendo con una sonrisa ya completa: «Y en Letonia, Croacia…».

«Ciertamente es el enemigo número uno de Lituania», nos confirma con cierto punto de resignación y admiración la investigadora lituana Ruta Vanagaite, que en su libro Our People denuncia el papel de su país en la Shoá.

Zuroff revela su hoja de ruta. Las seis etapas de la contrarreloj del cazador de nazis. El primer paso suele ser el más complejo: revelar la identidad del criminal ante el mundo y ante su sorprendida y conmocionada familia. «Los hijos de un criminal me dijeron una vez que su padre es una buena persona y que es imposible que fuera nazi. Contesté que les tenía empatía porque nunca lo supieron, pero les recordé que en las circunstancias creadas por los nazis era más natural asesinar judíos que ayudarles».

Zuroff toca una tecla clave de la Shoá. «Una de las lecciones que aprendí buscando nazis es que el 99% de los criminales eran personas normales que no hicieron nada malo. Pero acabaron cometiendo crímenes y después de la guerra volvieron a ser normales y legales. Es terrible».

Tras localizarles, el segundo paso es una investigación estatal. Tercero, la imputación. Cuarto, el juicio. Si todo va como desea, es condenado. La sexta estación culmina el proceso colocando el criminal nazi entre rejas. En muchos casos, sin embargo, no llega a la cárcel porque muere, está muy enfermo o el país que le alberga hace malabarismos políticos y judiciales para ayudarle. He aquí la paradoja de Zuroff: «Soy el único judío que reza por la salud de los nazis. No quiero que mueran sino que paguen sus crímenes. Supervivientes del Holocausto y familiares de víctimas me alientan seguir. Me da fuerza cuando me dicen que trabajo para ellos».

«Sin humor es difícil hacer lo que hago durante tantos años», opina este hombre que mezcla humor judío y jutzpá (osadía) israelí. Cuenta una anécdota propia de Seinfeld que le ha pasado varias veces: «Alguien me llamó desde Estados Unidos y me preguntó si seguimos buscando nazis. Le contesté que sí. Entonces me dijo: ‘He tenido una fuerte pelea con mi vecino. Es un alemán de 92 años. ¡El tío debe de ser nazi!’».

Cae la noche. Le acompañamos a una conferencia cerca de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Unos 60 estudiantes anglosajones se estremecen con su relato sobre lo que hicieron los nazis cazados y se enfadan cuando escuchan cómo otros lograron esquivar la justicia.

Zuroff trabajó con el mítico Simon Wiesenthal. Desde la muerte del famoso cazador de nazis en Viena en 2005, es su sucesor. «Simon era un judío muy listo, brillante y con humor. Recuerdo dos consejos. No actuar nunca por venganza y acordarse de las víctimas no judías. Wiesenthal inventó que cinco millones no judíos fueron asesinados. Es una cifra sin base histórica seria», cuenta.

¿Nunca tuvo la tentación de matar a un criminal nazi?
Sólo una vez. Fue en Budapest delante de la casa de Sandor Kepíro, ex capitán húngaro y responsable de la masacre de más de 1.200 judíos, serbios y gitanos en Novi Sad. Tras huir a Argentina, volvió tranquilamente a Budapest, donde vivía irónicamente delante de una sinagoga. Pensé que lo más fácil era matarle. Así, con las manos. Pero no lo hice porque prefiero que rindan cuentas ante los tribunales.
Kepíro fue procesado en febrero del 2011 aunque al final fue absuelto.

Según Zuroff, «por motivos políticos»: «Fue vergonzoso».

Lászlo Csatáry fue cómplice del envío de 15.700 judíos al asesinato en Auschwitz. Disfrutaba usando una correa de perro para torturar a los judíos, disparándoles si intentaban escapar o golpeando a las mujeres. Gracias a Zuroff y un periodista de The Sun, el torturador fue localizado en 2012. Bajo arresto domiciliario a la espera de juicio, murió al año siguiente. Sin rendir cuentas ante la Humanidad. Tenía 98 años.

Zuroff resucita su monumental enfado por la muerte de Erna Wallisch. Y no precisamente porque tenga simpatías hacia la cruel guardia en el campo de concentración de Ravensbrück (Alemania) y de exterminio de Majdanek (Polonia), que había reconocido que envió judíos a las cámaras de gas. «Recibimos información sobre ella tras publicar un anuncio en un diario fascista en Austria. Tras el anuncio más asqueroso y caro de mi vida, alguien nos envió una carta indicando que una de las monstruas de los campos de exterminio vivía en Viena».

«¡Bingo!», se dijo Zuroff tras 30 años sin llevar un nazi a los tribunales austriacos. Estaba eufórico. En 2008, Zuroff logró una cita con la ministra austriaca de Justicia. «Esperaba que abriese una causa, pero me dijo: ‘No podemos llevarla a juicio porque lo que hizo es participación pasiva de genocidio’. ¡¡Participación pasiva!!», exclama con la misma indignación que entonces.

Zuroff no se rindió y viajó a Polonia. Algunos testimonios se acordaban de ella porque en Majdanek se quedó embarazada. Y porque era sádica. «Tuve que volver a Jerusalén para ser operado. Al salir del hospital, me llamaron de Austria: ‘Erna Wallisch ha muerto’. Me enfadé muchísimo y fui directamente al despacho para denunciar la actuación de Austria ante la prensa mundial».

Le preguntamos por los nazis escondidos en España tras la Segunda Guerra Mundial. Algunos incluso gozaron de un dorado exilio en Marbella. «Todos sabían que permitieron ir a nazis como, por ejemplo, Otto Remer, Leon Degrelle o Fredrik Jensen. Durante el franquismo, no había con quien hablar en España. Después, Felipe González y José María Aznar no quisieron complicarse la vida con la detención de criminales nazis», revela.

La oficina de Zuroff no dispone de medidas de seguridad. Sólo cuando viaja al extranjero para enfrentarse a neonazis en sus manifestaciones, recibe escolta policial. Los jóvenes rapados le conocen y detestan. Acabar con Zuroff es uno de sus sueños. «Si tuviera más éxito quizá tendría más miedo (ríe). En Jerusalén la posibilidad de que un palestino me asesine es más alta que la de que lo haga un nazi».

Persecuciones en callejuelas oscuras, emboscadas, apoyo del Mosad o la CIA….su profesión invita a una imaginación sin límites. Zuroff rebaja el drama y revela, por ejemplo, que nunca tuvo la colaboración de los servicios secretos israelíes: «El Mosad, que nunca me ayudó, sólo quiso detener a cuatro nazis. Israel tenía amenazas y problemas más importantes que perseguir nazis».

Uno de ellos fue el más conocido: Adolf Eichmann, capturado en Argentina en 1960. Un momento trascendental para la familia Zuroff. «Estábamos en casa en Estados Unidos cuando en la televisión informaron del juicio. Mi madre se emocionó. Eso me marcó», recuerda Zuroff , que hoy vive en Jerusalén y tiene cuatro hijos: uno es médico, dos son psicólogas y el cuarto cuida ancianos.

El teléfono suena. Al otro lado del aparato y del continente, llegan más preguntas sobre un viejo carpintero de Minnesota. Michael Karkoc, una bestia polaca que ejerció de oficial de las SS, y que acaba de sumarse a la relación de ancianos cuyos terribles pecados no son limpiados por el tiempo.

Es la lista de Zuroff.

Fuente: elmundo.es


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