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El mundo de nuestros días prometía mucho más hace unos años, quizás a lo sumo unas décadas.  La noción de “aldea global”, comunicaciones instantáneas y las experiencias traumáticas de guerras y conflictos armados con más víctimas mortales que resultados positivos, parecían augurar una era de mayor “humanidad”.

La ascensión al poder de Barak Obama, rompiendo de entrada algunas viejas tradiciones parecían abrir el camino.  Un presidente de origen humilde, afroamericano y con una agenda más que liberal, progresista.  El mundo, y aquellos renuentes a dejar sus violentas viejas prácticas, parecía que debiera rendirse al encanto de la novedad.

Fiel a una imagen, quizás más que a los hechos ciertos de su administración, Obama pareció dedicarse a una política de apaciguamiento de los enemigos de Occidente.  Algo así como aplicar aquello de más vale un mal arreglo que un buen pleito.  Lucía lógico y plausible.  En unos años, los Estados Unidos cambiaron en algo su imagen de policía imperial.  El acuerdo con Irán, que le daba algo de oxígeno a este país y su régimen radical, la apertura hacia Cuba que pareciera ayudar a la isla a salir de un largo embargo y sus consecuencias, muchas de ellas más atribuibles a un esquema muy fallido.

En sus acercamientos a los frentes problemáticos, la tendencia era apaciguar al adversario, al contrario.  Complacerlo en algunas de sus peticiones, reconocer la culpa propia que lo hubiera empujado a cierto extremismo poco productivo.

No se puede decir que Obama tuvo un éxito contundente en su política de apaciguamiento.  Irán quedó muy fuerte, Cuba en su mismo sistema, Corea del Norte muy peligrosa.  La imagen del policía imperial, el gendarme mundial necesario, quedó debilitada.  Con una Organización de Naciones Unidas tomada por grupos de países que se alían para adoptar resoluciones que rayan en lo absurdo, el resultado logrado en general dista mucho de la intención que pudiese juzgarse de buena.

La era Trump se inicia con la disuasión en vez del apaciguamiento.  Con poca paciencia, se enfrenta al adversario que está en una posición intransigente con una también intransigente postura de fuerza.  La mega-bomba lanzada en Afganistán, las reuniones en la Casa Blanca con algunos dignatarios de países, los anuncios a las Naciones Unidas en cuanto a sus resoluciones absurdas.  El imperio parece despertar, contratacar y recuperar posiciones.  El policía del mundo parece tomar de nuevo el garrote para imponer el orden que se fue diluyendo.

La política del apaciguamiento luce más caballerosa y amable que la disuasión.  Claro, la primera es para negociaciones y relaciones entre caballeros.  Entre personas, regímenes de bien.  Que asumen posturas distintas, enfrentadas pero respetuosas del interlocutor, por adversario que fuera.  Cuando el interlocutor no es del mismo calibre ético, no aplica aquello del apaciguamiento, porque se percibe como debilidad y se aprovecha para aquellos fines oscuros que por oscuros son inconfesables.  Allí aplica la política de la disuasión, porque es aquella que, lamentablemente, entiende la contraparte.

A las alturas des siglo XXI, con tanta historia y tanta experiencia, resulta muy triste que la disuasión sea necesaria, y que sustituya al apaciguamiento.  Un remedio muy delicado que debe ser administrado con cuidado.  Pero, lamentablemente, a grandes males, grandes remedios.  No hay remedio.

 

Elías Farache S.


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