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Por Beatriz W. de Rittigstein
La ola antijudía ha recrudecido conforme el Partido del Bienestar se consolida.
Tras lo ocurrido con la flotilla que a fines de mayo pretendió llegar a Gaza, algunos analistas responsabilizaron al Gobierno turco. Hace poco, The New York Times publicó una investigación en la cual funcionarios turcos corroboraron que la Fundación de Ayuda Humanitaria, conocida como IHH, que provocó tal incidente, dispone de conexiones con la élite política de Turquía y recibió el apoyo de altos niveles del oficialismo.
Las pesquisas evidencian que varios de los que figuraron a bordo de los barcos tienen vínculos con el IHH. Además, los familiares de los turcos muertos en el episodio, declararon que éstos participaron con el propósito del martirio.
Esta tajante transformación de Turquía no fue súbita. En las últimas décadas, viene aumentando vertiginosamente el número de seguidores y de actividades extremistas. Los brotes se producen en forma notoria a partir de 1985, mediante el entonces ilegal Partido de Salvación, ahora Partido del Bienestar, con plena intervención en la vida política del país. Mantiene una comunión de ideas con los radicales palestinos que no aceptan la convivencia con Israel y expresa su virulenta posición no sólo adversando al Estado judío, sino también mediante su ensañamiento antisemita.
La ola antijudía ha recrudecido conforme el Partido del Bienestar se consolida. El propio Erdogan ha declarado en distintas ocasiones que Israel es una amenaza para el Medio Oriente.
Durante mucho tiempo las relaciones bilaterales entre Turquía e Israel eran cordiales, unidos por intereses comunes. Lamentablemente, en la actualidad, el llamado de la Jihad se instaló en el Gobierno, permea la idiosincrasia turca y una de las consecuencias es la hostilidad antisemita que deforma a esa nación.

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