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Por Beatriz W. De Rittigstein
Pareciera que el Líbano está condenado a una inestabilidad crónica debido a elementos externos que buscan su desequilibrio a fin de dominar la región.
En 1970, huyendo de las persecuciones en Jordania, los palestinos transformaron el Líbano en plataforma de ataques contra Israel. Esa intromisión propició el estallido de la guerra civil.
En 1982 se incrementó la influencia fundamentalista con el surgimiento de Hezbolá. Hasta el presente, Irán envía armas, financia y entrena a este movimiento que le sirve de brazo armado en el mundo.
En 1989 el acuerdo de Taif afianzó el patronato sirio sobre el Líbano. Recién, tras el homicidio de Rafic Hariri en 2005, el cual según pesquisas serias fue ejecutado por Hezbolá bajo órdenes de Siria que retiró sus tropas del territorio libanés.
Continuando la intrusión, Bashar Assad reprendió al tribunal internacional de la ONU que investiga el asesinato de Hariri, señalando que una acusación contra Hezbolá perturbaría al Líbano. Para preparar el ambiente, Assad concluyó: "El tribunal internacional debe buscar al asesino"; Nasrala ya acusó a Israel.
Las evidencias muestran que el reciente choque en la frontera norte de Israel fue "planeado por una célula de francotiradores". Llama la atención la presencia en el lugar de fotógrafos libaneses que captaron el incidente.
Hace un par de años, con violencia, Hezbolá logró formar un gobierno conjunto. En estos días, un diputado libanés advirtió de un golpe de Estado por parte de Hezbolá que le daría el poder pues, según afirmó: "Sólo Hezbolá tiene armas". En la actualidad, el premier, Saad Hariri, hijo del asesinado Rafic, enfrenta un dilema que lo coloca en manos del extremismo islamista. El Líbano está a punto de claudicar.

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