¿Dónde está Guilad en esta ecuación?

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Por Ana Jerozolimski
Noam y Aviva Shalit tienen serios motivos para plantear esta pregunta. El 25 de junio se cumplieron cuatro años desde que su hijo Guilad, en aquel entonces un joven soldado de diecinueve años en su servicio militar obligatorio, fue secuestrado por Hamás y llevado a la Franja de Gaza. Desde entonces no lo vio ningún representante de la Cruz Roja Internacional y todo indica que tampoco ahora nadie está por verlo.
Pero ahora, al haber levantado Israel varias de las restricciones impuestas a la Franja de Gaza hace casi tres años a raíz del golpe de Estado de Hamás en el lugar —aunque se mantiene el bloqueo marítimo y por cierto la prohibición al ingreso de armas y todo tipo de material bélico—, la familia de Guilad siente que todas las cartas se les van de las manos.
A decir verdad, el bloqueo, como presión sobre Hamás, no funcionó. Consideramos que, analizando elementos a favor y en contra, lo mejor para Israel era levantarlo; daba a Hamás un argumento para hablar de presiones israelíes, pintaba una imagen muy negra de Israel en la arena internacional —lo cual no se mide sólo en palabras sino también en hechos políticos— y lo peor es que, según numerosos expertos, fortalecía a Hamás y no a la población palestina local. Pero el problema central es que no ayudó a liberar a Guilad Shalit.
Lo claro es que no se terminaron los problemas con Hamás, y no sólo por el tema Shalit. Tres años después del violento golpe de Hamás en Gaza, el vecino sur de Israel continúa siendo una organización integrista islámica que se opone a negociaciones, no reconoce a Israel ni a los acuerdos que ha firmado con la Autoridad Palestina en el transcurso de los años.
Hamás no alega que ha cambiado, y los exponentes de sus ideas —que por sus posiciones radicales suelen decir toda la verdad sin adornarla en declaraciones a Occidente en inglés— lo vuelven a confirmar. Mahmud Al Zahar, uno de los principales líderes de Hamás en Gaza, dijo que la organización debería poder disparar también desde Cisjordania a Israel.
O sea, que el grupo que sumió a Gaza en serios problemas y que intensificó sus disparos de cohetes hacia territorio israelí a pesar de que se había ido hasta el último soldado y tampoco había ya colonos, quisiera repetir la experiencia en Cisjordania. Para comprender el daño que eso haría a los propios palestinos —no sólo a Israel—, basta con recordar que antes de los atentados de Hamás entraban muchas decenas de miles de palestinos de Gaza diariamente a territorio israelí a trabajar, lo cual terminó con la recurrencia del terrorismo. Los primeros perdedores fueron los propios palestinos, tan necesitados del trabajo que tenían en Israel. El bloqueo fue reacción al terrorismo, no al revés.
Pero ahora Mahmud Al Zahar da a entender que las restricciones que ha estado sufriendo Gaza no alcanzan y que sería mejor hacer algo para que también Cisjordania, cuya situación ha estado mejorando constantemente en el último año, viva la misma experiencia. Cisjordania está casi por recuperar los índices económicos previos al estallido de la Segunda Intifada, ha tenido un crecimiento del ocho por ciento (según el Banco Mundial) y recorrer varias de sus ciudades palestinas equivale a una buena señal de aliento, que ojalá siga prosperando por el bien de la población palestina toda.
Pero hay en Hamás quien osa dar a entender que sería mejor arruinar todo eso, usando Cisjordania como base de disparos hacia Jerusalén y Tel Aviv. El mismo líder de Hamás que lo propone fue el que, en julio del 2005, me dijo en una entrevista que le realicé en su casa en Gaza un mes antes de la retirada israelí, que la organización no veía el repliegue como inicio de una era de paz y que a Israel lo seguirían “persiguiendo”. Hace pocas semanas, en una nueva entrevista, fue no menos claro: “No existe Israel. Todo es territorio ocupado. Todo es nuestro”, aseguró Al Zahar, aclarando que “hubo ocupación en diferentes etapas: el 48 y el 67”, en referencia al año de la creación de Israel y al de la Guerra de los Seis Días.
Habría muchos ejemplos más, pero estos parecen suficientes para explicar por qué cabe temer que el alivio del bloqueo a Gaza —aunque me parece un paso esencial e importante— no es el comienzo del fin del problema, ni mucho menos.

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