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Por Julián Schvindlerman
La relación entre la comunidad internacional y la República Islámica de Irán parece seguir el movimiento de la Sonata Nº 7 del compositor ruso Sergei Prokofiev: ha comenzado con un allegro inquieto, ha continuado bajo un andante caloroso y posiblemente finalizará con un precipitato. Primero hubo conmoción ante la noticia de su plan atómico, luego intensa diplomacia, y ahora pareciera que nos encaminamos a un brusco final. La invitación extendida a Mahmoud Ahmadinejad a disertar en la Universidad de Columbia en Nueva York en septiembre del 2007, el concierto brindado por la Orquesta Sinfónica de Osnabruck a los ayatolás en Teherán en agosto del 2008, la admisión de este personaje en una conferencia contra el racismo organizada por las Naciones Unidas en Ginebra en abril del 2009, y nuevamente estos días en la Asamblea General, entre otros casos escandalosos, no hacen más que mostrar que el mundo libre parece haber perdido su brújula moral respecto de lo que encarna Irán.
Debe recordarse que pesan sobre la República Islámica de Irán al menos cinco resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que exigen que ella desista de su programa de enriquecimiento de uranio, que tres rondas de sanciones han sido adoptadas, y que circulares rojas han sido emitidas por Interpol contra integrantes de la élite gobernante. Teherán ha ignorado esto y ha emergido más extremista aún del tumulto electoral de junio pasado. El 7 de septiembre último, el Presidente Ahmadinejad expresó claramente que “el tema nuclear está terminado”, y designó a un hombre buscado por la justicia argentina como flamante ministro de Defensa. Por un largo tiempo, el mundo libre ha demostrado insistentemente su disposición a dialogar con Irán, pero, como ha sido expresado recientemente en las páginas del Wall Street Journal, “la virtud de la perseverancia no debiera devenir en la insensatez de la futilidad”. Siete años de diplomacia suave parecen haber agotado su curso. En tanto las manecillas del reloj nuclear iraní avanzan más rápidamente que las del reloj diplomático occidental, cabe la interrogante acerca de cuán abierta está realmente la ventana de oportunidad que algunos creyeron ver en el contacto directo con Irán.
La familia de las naciones cuenta con instrumentos jurídicos y diplomáticos suficientes como para detener al actual provocador régimen iraní. Tal como juristas internacionales han señalado, Ahmadinejad continuamente está violentando la Convención Contra el Genocidio que expresamente prohíbe “la incitación pública y directa al genocidio”. E Irán reiteradamente comete crímenes contra la humanidad con cada acto de terror que apaña, viola resoluciones de las Naciones Unidas con cada paso que da hacia la procuración nuclear, y ofende la Declaración Universal de los Derechos Humanos con cada acción de represión interna que toma.
Todos estos abusos ya han sido tolerados por demasiado tiempo. Cada día que pasa acerca más a Teherán al umbral nuclear y al mundo libre a una situación de exposición insostenible. Lo más trágico de este asunto es que al optar por no transitar aquellos caminos que “pacíficamente” llevarían al ostracismo iraní —es decir, la adopción de sanciones robustas en el seno de la ONU— el mundo libre está estrechando su propio margen de acción, dejándose a sí mismo enfrentado a la última de las alternativas: la vía militar. O peor aún: en su inacción, elige exponerse a la peligrosa realidad de un Estado teocrático radical en posesión de arsenal nuclear.

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