Relevancia de la AIV, ayer, hoy y siempre

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Por Rachel Chocrón de Benchimol
En realidad debo confesar que tuve muchas dudas para escribir este texto, pues no conozco detalladamente la historia y trayectoria de este largo tiempo transcurrido desde la fundación de la AIV. Pero a pesar de esta falta de información, sí me atrevo a discurrir acerca de lo que para mí, modestamente, significa la AIV en esta actualidad comunitaria tan diferente a la de ochenta años atrás.
Desde niña siempre recuerdo haber asistido a la imponente sinagoga de Maripérez, pues el origen sefardí de mi familia así lo estipulaba. Luego los miembros originarios de Melilla (entre ellos, mi papá) decidieron unirse y formar una kehilá con su propia sinagoga, pero siempre dentro del amparo y el apoyo de la AIV. Y así transcurrieron los años de mi niñez y juventud, de manera plácida y despreocupada, gozando de las ventajas de vivir en un medio ambiente ideal para la practica de nuestro Judaísmo, en aquel entonces.
En realidad de una manera u otra siempre estuve ligada a Maripérez. Dentro de su espectacular recinto me casé y tuve la dicha de casar a mi primera hija. Pero mi conexión y mi cariño especial por la AIV, madre de todas las congregaciones sefardíes que le siguieron, va más allá de lo netamente religioso: dentro de sus instalaciones aprendí a vincularme con mi comunidad y valoré tremendamente la labor de los que día a día cumplen con la sagrada misión de mantener viva la llama sefardí y sus costumbres dentro de la comunidad judía de Venezuela.
Debo confesar que dentro de las tareas que desempeña la AIV, admiro tremendamente la labor de la Hebra Kadisha, tanto en la parte de los hombres como en la de las mujeres. ¡Una de las mitzvot más genuinas de nuestra Torá, pues sin distingos económicos, el procedimiento y el kabod son exactamente igual en todos los casos!
También sé de la lucha titánica que la AIV y sus integrantes sostienen para preservar las tradiciones judías y aumentar las horas de estudios judaicos dentro del sistema educativo comunitario. Y ni hablar de la ayuda social que de manera anónima y discreta llevan a cabo muchas de las personas que han entregado su vida para esta institución.
En sus oficinas llenas de calor y folklore mediterráneo encontré el origen de mi procedencia, lo que me llevó a asumir con mayor responsabilidad mi compromiso con esta comunidad que tanto nos ha brindado a través de su historia en este país, el cual le abrió sus brazos de par en par a nuestros abuelos y padres, cuando prácticamente llegaron de sus lugares de origen con una mano adelante y la otra atrás, dispuestos a construir con voluntad y decisión lo que hoy en día gozamos todos.
Dice la Torá que el judío debe ser agradecido, y éste es un buen momento para hacerlo: estamos agradecidos con la vida por habernos dado la oportunidad de levantar a nuestras familias por más de varias generaciones en este país, en el cual se levantó una comunidad, hace más de ochenta años atrás, dando frutos que hoy son motivos de orgullo para todos los sefardíes de esta querida kehilá.
Pero no podemos escapar a la realidad que nos toca vivir. Corremos el peligro de extinguirnos como comunidad porque las circunstancias así lo indican, y en mi opinión, en estos momentos de ofuscación y ansiedad desmedida es cuando debemos unirnos más que nunca y hacer esfuerzos mancomunados por sobrellevar estos turbios momentos, apostando hacia un futuro lleno de esperanzas y resurgimiento, donde, con el favor de Dios, nos levantemos con mayor fuerza, ahínco y renovados planteamientos de cómo construir una mejor y más sólida comunidad.
Sólo me queda implorarle a Dios que se apiade de esta comunidad, vea lo bueno que de ella salió y nos dé una nueva oportunidad en la que reflexivamente cambiemos con la expresa voluntad de cumplir con su voluntad, que es, en esencia, el motivo de nuestra existencia.
¡Mejorado muchísimos años para la AIV! Amén.

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