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Por Jacqueline Goldberg
Jacobo Rubinstein escribía poquísimo en su perfil de Facebook, raramente comentaba mensajes y fueron contadas las ocasiones en que él mismo colocó algo en su muro. Decía que no tenía tiempo para esa maraña, pero estimaba que lo solicitaran y aceptaran como amigo. Lo último que volcó en la red social, el 1º de enero a las cuatro de la tarde, fue un video de “Imagine”, nostálgica canción de John Lennon. Y es comprensible que fuese esa la música que sonara en su alma el primer día del año, tan sólo dieciocho antes de que la muerte lo sorprendiera corriendo hacia el infinito. Jacobo era un soñador de los grandes. Soñaba con espacios y casas dignas, con metrópolis a la medida del hombre, mundos del futuro, ires y venires. Soñaba para los demás y para sí, para la comunidad judía y el país, para Nuevo Mundo Israelita y para la prensa del planeta. Lo suyo era la excelencia, la precisión, siempre desde una enorme sensibilidad.
Cuando uno se sentaba con él en el Comité Ejecutivo de cada martes, su entrega a tal tarea apenas dejaba entrever la gran cantidad de actividades que desarrollaba día a día y el brillante currículo que lo enaltecía: ingeniero civil graduado en la Universidad Central de Venezuela, hizo su Master of Science en Ingeniería en la Universidad Technion de Israel. Combinaba como pocos sus amplios conocimientos de la construcción con los de una gerencia proactiva en programas sociales vinculados a la vivienda social sustentable.
Era vicepresidente ejecutivo de la Fundación Vivienda Popular, ONG desde hace cinco décadas modelo en consecución de recursos propios para la realización de su cartera de programas destinados a comunidades de escasos recursos de las principales ciudades del país. Era también directivo de la Red Sinergia, de la Unión Interamericana para la Vivienda, la Fundación Mendoza, la constructora Urbosa. Fue consultor del Banco Mundial para el tema de vivienda en Latinoamérica y miembro del Consejo Consultivo de la Cámara de la Construcción.
Jacobo Rubinstein participaba en la Maestría de Diseño Urbano de la Unimet, donde también intervenía en varios grupos de investigación. Decía que su tiempo para escribir era mínimo, pero fue uno de los colaboradores de la columna “Entorno urbano” que publica los sábados El Universal y no pocas veces atendió a las solicitudes de este semanario. En nuestra kehilá actuó con enorme pasión en la CAIV, la B’nai B’rith y en esta publicación, de cuyo Comité Ejecutivo tomaría las riendas en los próximos meses.
Su adiós nos dejó pendientes muchos temas, muchas conversas sobre cine y música, que lo apasionaban; sobre viajes y restaurantes, sobre el destino, sobre la vivienda en el país, tópico tan candente en este momento y sobre el que tanto sabía y al que tanto hubiese aportado.
Me queda un doloroso aprendizaje: hay que abrazar a la gente, decirle cuánto se le admira, se le quiere; obsequiarla, valorarla, compartir carcajadas y anhelos. Nunca sabemos si la volveremos a ver. De Jacobo nos despedimos el martes 18 de enero con la premura y la distancia de siempre, con un vacío “hasta la próxima semana”. Y no hubo un después, sino su silla vacía, su enorme ausencia, un nombrarlo mil veces por la tanta falta que nos hace. La falta que a mí me hace y me hará siempre.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita /
www.nmidigital.com

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