Siempre atento al llamado del deber

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Por Paulina Gamus
Fragmento del discurso pronunciado durante el homenaje a Abraham Levy Benshimol efectuado en Hebraica el 27 de junio de 2010.
A continuación:
El espíritu de superación estuvo siempre presente en Abraham: después de ejercer varios años como bioanalista, decidió estudiar la carrera de Biología. Al graduarse en esa profesión, fue un destacado docente y llegó a ocupar la Dirección de Posgrado y la Coordinación Académica de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela. A la par que lograba esos hitos profesionales, en su conciencia profundamente judía estaba presente el deber de cumplir con su comunidad. En 1966 un grupo de profesionales de edad mediana —lo que ahora llamamos adultos contemporáneos— que nunca antes se había vinculado a las escasas instituciones comunitarias que existían para la época, decidió que había llegado el momento de involucrarse y de modernizar la dirección y orientación de la Asociación Israelita de Venezuela. Ese grupo liderado por Gonzalo Benaim Pinto y su hermano John contó con la entusiasta participación de Claudio Bentata, Samuel Eskenazi, Jacob Carciente, Samuel Almosny y Abraham Levy, entre otros. Y también de las esposas de muchos de ellos que por primera vez tuvimos presencia activa en la política comunitaria, como animadoras y encargadas de la publicidad, especialmente de Radio Bemba.
Nunca hubo en ninguna otra institución judía de Venezuela, ni antes ni después, una campaña tan movida como aquella de la generación renovadora. El resultado fue la elección de una junta directiva presidida por Don José Benatar. Al año siguiente, Gonzalo Benaim fue electo presidente de la Asociación Israelita de Venezuela y Abraham resultó designado secretario de la misma. Nunca más dejaría de estar vinculado a distintas instituciones, siempre en cargos de mucha responsabilidad, entre ellos los de presidente de la kehilá sefardí en cuatro oportunidades y dos veces presidente de la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela (CAIV). Esos cargos los ejerció sin abandonar otros deberes como su participación en las directivas del Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, del Museo Sefardí de Caracas “Morris E. Curiel”, además de ser el creador y presidente de la Fundación de Amigos de la Cultura Sefardí.
Fue mi amistad de toda la vida con Abraham Levy y nuestro común deseo de probar suerte en los casinos, lo que motivó un viaje de carnaval a la isla de Aruba hace ya quince años. Abraham fue el promotor, él invitaría a su amigo Amram Cohen y yo a mi prima Vicky Lucy para compartir aquel viaje. Fue así como por primera vez entablé conversación con mi vecino de muchos años, Amram Cohen, con quien apenas había cruzado saludos. Y así nació un amor otoñal que culminó en boda y nos une en nuestra tercera juventud.
No puedo dejar de referirme a un aspecto muy destacado del fructífero trayecto vital de Abraham: su empeño en dar a conocer los aportes que miembros de la comunidad judía venezolana han hecho a este país, en diferentes épocas. Lo hizo de manera impecable en los textos que forman parte del catálogo de la exposición Los sefardíes: vínculo entre Curazao y Venezuela, y en su más reciente obra: Dejando huella, aproximación a la judeidad venezolana. Me consta con cuánta disciplina y paciencia se dedicó a la investigación de la vida y obra de los diecinueve judíos que eligió para figurar en ese libro.
Con este recuento más bien intimista, lleno de anécdotas y recuerdos de momentos y de hechos que fortalecieron nuestra amistad, he querido sumarme al homenaje a Abraham, de la única manera que podría hacerlo: expresándole mi cariño y admiración por su voluntad de trabajo, su sentido de la organización, su profunda vocación de servir a nuestra comunidad judía y su permanente responsabilidad con Venezuela, el país donde nació y ha vivido siempre. Estoy segura de que —ni queriéndolo— Abraham dejará de ser una figura destacada en el quehacer comunitario, siempre dispuesto a atender el llamado del deber, incluso en tiempos difíciles como los que nos han tocado vivir. ¡Que vivas muchísimos años más, querido Abraham, y que podamos seguir disfrutando siempre de tu inteligencia, de tu experiencia en tantas lides comunitarias y de tu compañía tan cálida y amena!

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