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Por Jacqueline Goldberg
El mes pasado fue anunciado que el Keren Kayemet Leisrael (Fondo Nacional Judío) plantará a principios del próximo año cinco mil árboles en nombre de la periodista española Pilar Rahola como reconocimiento a su lucha a favor de los derechos del Estado israelí y del Pueblo Judío. La propia Rahola agradeció de inmediato desde su blog: “Acabo de recibir esta bella noticia que me ha llenado de orgullo. Me siento profundamente honrada por una distinción tan bella, que liga la causa de la libertad con el símbolo de la vida. Gracias a todos aquellos que me acompañan en el camino del compromiso”.
Me pregunté qué podría estar pensando Rahola más allá de su emoción política. Y recordé mi fantasía infantil. En el Colegio Bilú, en Maracaibo, además de la puntual presencia de la alcancía blanquiazul del Keren Kayemet, era costumbre, como aquí, adquirir árboles en determinadas fechas. Creo que eran más los que comprábamos para nosotros mismos que los que se regalaban. Era la usanza. Yo iba guardando los certificados —aún lo hago— en una carpeta manila pensando que algún día podría ir a Israel, mostrar mis documentos en alguna oficina y exigir que me indicasen dónde estaba mi bosque. Soñaba que todos mis árboles eran plantados en un mismo lugar, que con los años habría un prado sombreado y fresco, por el que caminar y hasta hacer un picnic. Y en la entrada de aquel oasis una placa en la que nietos y bisnietos verían por siempre mi nombre.
Ya viviendo aquí en Caracas y siendo muy mayor admití que la fantasía carecía de asidero. Pero entonces comencé a recibir puntualmente cada Rosh HaShaná certificados de árboles plantados a mi nombre por dos queridas familias amigas. Ya no provenían de la obligación sino del afecto y la ofrenda. De la conciencia y la enseñanza de otros.
El Keren Kayemet Le Israel, que el próximo año arribará a 110 años, hace auténticos actos de magia: transforma pantanos y desiertos en campos fértiles, hace crecer frondosos bosques donde ni agua hay, genera e implementa herramientas tecnológicas de punta en un país de unos pocos kilómetros, contribuye a la educación y a fundar con sólidas bases una comunidad.
En este centenar de años, la institución ha plantado 240 millones de árboles en más de 900 mil hectáreas; ha rehabilitado y conservado 40 mil hectáreas de bosques naturales; ha construido 200 reservorios de agua, represas e instalaciones hídricas; ha protegido 150 mil hectáreas de la salificación, destinándolas a la agricultura; ha construido seis kilómetros de caminos rurales, forestales y de seguridad.
Pese a todo —como el niño al que develan de golpe y porrazo que no existe el Ratón Pérez pero sigue exigiendo su dinero bajo la almohada— no he dejado de soñar con mi bosque, sólo que ahora la admiración se adjunta a cada certificado y no veo un árbol sino una proeza, una historia y una institución que ha sembrado, literalmente, un país.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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