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Por Jacqueline Goldberg
De la vasta filmografía de la actriz, directora y escritora francesa de origen judío Mélanie Laurent, sólo he visto dos películas: Bastardos sin gloria, dirigida por Quentin Tarantino, y El gran concierto, del francés de origen rumano Radu Mihaileanu. También actúa en La redada —escrita y dirigida por Roselyne Bosch—, que justamente proyectó el Espacio Anna Frank en su cine-foro la semana pasada y que no pude ver. Las tres películas, curiosamente, tienen que ver con mundos judíos y en las dos primeras la bella rubia encarna la no imposible ficción de una revancha.
En Bastardos sin gloria, Laurent es Shoshana Dreyfus, la judía a quien los nazis dejaron huérfana y que, siendo dueña de un cine, termina incinerando a la plana mayor del nazismo, incluido Hitler. Mucho se criticó la manera como el particular Tarantino cumple con lo que pudiera ser un secreto deseo de venganza judío. De haber muerto todos esos nazis juntos, la historia no habría sido diferente: eran ya demasiados los crímenes cometidos hacia el final de la guerra, mucho el horror desencadenado. Nos habríamos ahorrado, eso sí, el dolor que revivió Núremberg, sus ya tristemente inútiles castigos y el que aún hoy sigan apareciendo historias sobre la plácida vida que llevaron algunos nazis escondidos en remotos rincones de un ancho mundo.
En El gran concierto, que acaba de estrenarse en salas venezolanas, Mélanie Laurent se convierte en la célebre violinista gracias a quien un grupo de exconcertistas de la Orquesta del Teatro Bolshoi consiguen vengarse del destino al suplantar la identidad de los músicos del famoso teatro soviético y viajar a París para dar el gran concierto que treinta años atrás no pudieron concluir porque los rusos bajaron del escenario a todos los judíos. Es una comedia maravillosa, con momentos de enorme dramatismo e ironía frente a lo que representa un régimen comunista venido a menos, incapaz de mirar más allá de sus fracasos. El final es una buena parte del emocionante concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky, que llega hasta el tuétano y reivindica a un compositor que a mí, al menos, se me hace muy pesado.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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