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Por Beatriz W. De Rittigstein
Las dictaduras de cualquier signo, ya sean de la extrema derecha, la ultraizquierda o el radicalismo islámico, utilizan coartadas truculentas, montajes, con el fin de crear una realidad conveniente a sus intereses, además de pasar por víctimas, culpar a los opositores y hacerlos pagar las consecuencias. En esa vía se inscriben los tantos señalamientos de falsas conspiraciones.
Los ejemplos abundan en la historia de la fenecida URSS y en la Alemania nazi. Precisamente, en estos días se cumplen 78 años del incendio del Reichstag, ocurrido el 27 de febrero de 1933. De inmediato, Göring imputó el crimen a los comunistas y mandó arrestar a sus líderes. Hitler declaró el estado de emergencia y persuadió a Hindenburg de abolir derechos fundamentales consagrados en la constitución de la República de Weimar. El escenario fue preparado para culpar a un grupo de comunistas búlgaros, a quienes llevaron a juicio, pero éstos demostraron su inocencia y el carácter político del incendio, el cual le sirvió a Hitler de palanca para usurpar el poder.
En otro caso, la rivalidad ideológica y política entre Stalin y Trotsky generó que el primero fuera cercando al segundo hasta sacarlo del comité central, del partido y del país. Trotsky fue calificado de "agente del gobierno norteamericano y del imperialismo mundial" y perseguido bajo esa excusa. Al final, residió en México, donde fue asesinado en 1940, por órdenes de Stalin.
De igual modo, Ahmadinejad acusa a los "enemigos" de organizar las manifestaciones contra su régimen, tanto las actuales como las de hace dos años, cuando los iraníes protestaban por el fraude en las elecciones presidenciales.
Los dictadores se valen de todo tipo de truculencias para mantenerse en el poder.

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