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Por Rebeca Perli
El terrorismo ataca indiscriminadamente, no importa a quién se asesine.
Hace años teníamos unos vecinos cuya familia estaba compuesta por un matrimonio y sus dos niños, Eduardo y Luis. Éste último acosaba constantemente a su hermano, quien trataba de ignorarlo hasta que, agotada su paciencia, atestaba un golpe a Luis, quien rompía a llorar llamando la atención de sus padres. El correspondiente castigo recaía, invariablemente, sobre Eduardo. Recientemente sus padres nos relataron la anécdota como "una gracia de Luisito".
La situación me vino a la mente en relación con el conflicto árabe-israelí y, más puntualmente, lo que se vive a diario en la región limítrofe entre Israel y la Franja de Gaza, desde donde militantes de Hamas disparan cohetes Kassam y fuego de morteros que amenazan incesantemente la vida de los habitantes de Israel, donde se han cobrado numerosas víctimas. Pero eso no es noticia: la noticia (y la condena) es a la justificada reacción del ejército israelí en su empeño por erradicar los focos de agresión. Para nada se objeta el continuo hostigamiento de Hamas equiparándolo, tal vez, a la "gracia de Luisito". En este sentido el pasado 26 de diciembre Israel envió una protesta formal a la ONU por "graves violaciones al derecho internacional", advirtiendo que "tomará las medidas necesarias para garantizar su seguridad ante nuevos ataques".
El pasado 14 de enero el disparo de un francotirador de Hamas, apostado en la Franja de Gaza, segó la vida de Carlos Andrés Mosquera Chávez, un joven ecuatoriano que desde hacía cinco meses trabajaba en un kibutz en el marco de un programa para conocer técnicas de agricultura, construcción y comercio y aplicarlas luego en su país.
Son las consecuencias del terrorismo que ataca indiscriminadamente, no importa a quién se vaya a asesinar. Esos no son juegos de niños.

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