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Por Rebeca Perli
"Allí donde se quema a los libros se acaba por quemar a los hombres" dijo el poeta Heinrich Heine, en una frase premonitoria, pues en 1933, casi un siglo después de su muerte, sus obras fueron incluidas en la quema de libros que perpetró el régimen nazi en Opernplatz, y ya se sabe lo que ocurrió después con hombres, mujeres y niños.
De origen judío, Heine se convirtió al luteranismo en una acción que él mismo catalogó como su "ticket de admisión a la cultura europea" en una Alemania que, ya en el siglo XIX, prohibía a los judíos el acceso a algunas carreras universitarias. Periodista, abogado, y filósofo, fue también un poeta romántico que combinó su agudo ingenio con un punzante sentido del humor. "Dios me perdonará, es su oficio", expresó en su lecho de muerte.
En 1972 la municipalidad de Düsseldorf, su ciudad natal, instituyó el Premio de Literatura Heinrich Heine con el que acaba de ser distinguido el escritor israelí Amos Oz, intelectual de amplio espectro quien tiene en su haber numerosos galardones de los que el más reciente es el Premio Príncipe de Asturias en Letras.
Heinrich y Oz, a pesar de la distancia en el espacio y en el tiempo, tienen en común su incuestionable amor por la libertad y por el pluralismo. Oz es un acérrimo defensor de la convivencia pacífica entre israelíes y palestinos como lo demuestra a través de su militancia en el movimiento Paz ahora integrado por árabes y judíos deseosos de llegar a una solución pacífica del conflicto. Ostenta también un perspicaz sentido del humor con el que condimenta sus escritos y recomienda como antídoto frente a las ponzoñas del fundamentalismo: "Nunca he visto a un fanático con sentido del humor, ni a nadie con sentido del humor que sea fanático", ha dicho.
Heine y Oz, ¿vidas paralelas?

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