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Por Beatriz W. de Rittigstein
La comunidad judía de Venezuela es doblemente víctima.
Precisamente el día de Navidad apareció en el sitio web Aporrea, un sinuoso artículo en el cual se conjetura, sugiere y encauza la opinión.
Se trata de un segmento elegido con alevosía, de un libro presentado en el marco de la Filven, realizada en octubre, en Mérida. Desde la portada prevemos su perversidad: en el centro hay una Estrella de David, cuyas puntas internas se entrelazan con una svástica.
El texto de José Sant Roz repite una sucesión cronológica de titulares, caricaturas, opiniones de la prensa local, tras el ataque a la sinagoga Tiferet Israel en la noche del 30 de enero de 2009. La última de las publicaciones que reproduce es de El Nacional del 09/02/09; pero no lo hace con fidelidad; por el contrario, distorsiona, omite y miente para probar una trama que trastoca lo ocurrido, acusando a los judíos de un autoatentado que esconde un propósito político.
Sant Roz afirma: "Como el día anterior, se descubre que ha sido el rabino junto con una banda de delincuentes los que se autoatentaron en la sinagoga Tiferet Israel". En realidad, el crimen fue cometido por funcionarios de entes de seguridad del Estado, dirigidos por el escolta del rabino, que era un Policía Metropolitano asignado por el Gobierno.
La dirigencia comunitaria manifestó su satisfacción por la solución en cuanto a la autoría material. No obstante, solicitó establecer la autoría intelectual y hasta el presente no se sabe nada al respecto.
Así, la comunidad judía de Venezuela es doblemente víctima; en primer lugar, la profanación del templo y en segundo término, se le criminaliza culpándola de un supuesto montaje que formaría parte de una conspiración.
Parafraseando a Sant, los ciudadanos judíos quedamos estigmatizados a través de una sarta de falacias y este es apenas un ejemplo.

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