Legado de la guerra árabe-israelí de junio 1967

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¿Por qué importa todavía una breve y rápida guerra que ocurrió en Medio Oriente hace cuatro décadas? Porque árabes e israelíes, y el resto del mundo, aún son victimas de las consecuencias. La Guerra de los Seis Días, en junio de 1967, fue una victoria extraordinaria para Israel y una derrota aplastante a la vez que humillante para los árabes.
El Estado judío, creado menos de dos décadas antes, destruyó las Fuerzas Armadas de Egipto, Siria y Jordania en sólo seis días. La destrucción fue más rápida que lo que toma encender un fósforo. Israel demostró su destreza militar y, de un golpe, aumentó significativamente el territorio bajo su control, capturando el desierto del Sinaí, la Franja de Gaza, las Alturas del Golán, Cisjordania y, en un acto de enorme importancia simbólica, Jerusalén Oriental, unificando su ciudad santa.
La guerra modificó dramáticamente el paisaje de Medio Oriente, de una forma que sólo se hizo evidente gradualmente. El 5 de junio los israelíes temían que lo iban a perder todo. Solamente cinco días después, el 10, habían conquistado hasta lo más soñado.
Primero, le dio un golpe fuerte, quizás mortal, al “arabismo”: el sueño de un solo Estado árabe unido, que se ensanchara desde el Atlántico hasta el Golfo. Pero también fue un golpe para su quijote, el magnánimo presidente egipcio Gamal Abdel-Nasser. El “arabismo” perduró como sentimiento, pero la guerra de junio lo oprimió reduciéndolo a su mínima expresión. La derrota de los árabes marcó el principio del “renacimiento islámico” en la región, con los fundamentalistas tomando la bandera de las manos de quienes consideraban como nacionalistas árabes desa-creditados.
La guerra modificó la relación entre Israel y Estados Unidos. Con el presidente Dwight D. Eisenhower en los 50, las relaciones de los estadounidenses con el joven Estado judío habían sido más hieráticas y frías. Su principal proveedor de armas era Francia, no Estados Unidos.
No obstante, tras la guerra de junio, con la decisión del presidente Lyndon B. Johnson de armar a los israelíes con aviones de combate F-4, la relación empezó a convertirse en la asociación estratégica que sobrevive hoy. La guerra convirtió a Israel en una fuerza de ocupación, que gobierna a más de un millón de palestinos. A pesar de los problemas, muchos se rehúsan a considerar perderlo. Con el tiempo, la opinión israelí empezó a monopolizarse entre quienes pensaban que quedarse con los territorios era bueno o malo.
Quienes plantean “la profundidad estratégica”, arguyen que el Estado de Israel existente antes de 1967 era más difícil de defender que un Estado que tenía el Sinaí, Cisjordania y el Golán como espacio resorte. La facción pacifista israelí, en oposición, argumenta que la presencia militar en los territorios, que contienen una población palestina furiosa y resentida, es tan corrosiva para los invasores como para los invadidos. Señalan que entregar territorios tras una negociación beneficiaba tanto a los israelíes como a los árabes. La guerra cambió fundamentalmente la naturaleza del conflicto árabe israelí y el carácter de las negociaciones de paz en la región.
Desde ese momento, la naturaleza de cualquier acuerdo transitaría por el intercambio de tierra por paz. Si Israel devolvía los territorios, los países árabes tendrían que aceptar la idea de vivir en paz con el Estado judío. Esa idea fue plasmada en la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU en 1967, que se convirtió en la base de los futuros esfuerzos por conseguir la paz.
Cuarenta años más tarde, Israel ha entregado dos de los territorios que conquistó en 1967: el desierto del Sinaí, que le devolvió a Egipto como parte de los Acuerdos de Camp David de 1978; y la Franja de Gaza, que pasó a manos de la Autoridad Palestina después del retiro unilateral de Israel en 2005. Las Alturas del Golán, que Siria perdió, son uno de los territorios que se podría permutar por paz.
Israel mantiene su presencia en Cisjordania y las Alturas del Golán y se refiere a Jerusalén como su “capital indivisible y eterna”. Ha pagado un costo político por hacerlo. Dos intifadas o levantamientos palestinos, a finales de los 80 y en el año 2000, demuestran que el común de los palestinos está muy lejos de reconciliarse con la idea de una ocupación israelí de largo plazo. Y los reclamos de pertenencia de terrenos en disputa han contribuido a la erosión del apoyo internacional a Israel, por ejemplo en Europa. Algunos israelíes también le temen a lo que ahora se conoce como la bomba de tiempo demográfica: la idea de que eventualmente habrá más árabes que judíos en los territorios que Israel controla.
Ese fue uno de los factores que llevó al primer ministro Ariel Sharón a tomar la polémica decisión de retirarse unilateralmente de la Franja de Gaza en 2005. Aunque escurridizo, el acuerdo “tierra por paz” sigue siendo la meta de la diplomacia en la región.
Fuente: Aurora Digital

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