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Por Alicia Álamo Bartolomé   
Estoy llorando. Sí, así como lo leen: estoy llorando. Cuando empiezo a escribir esto, ha pasado corto tiempo de mi conocimiento tardío de una noticia terrible. No veo ni escucho noticieros matutinos, pero una amiga me lo escribió por Internet: profanaron la Sinagoga de Maripérez. ¿Por qué esta impresión tan grande? ¿No soy yo católica? ¿Acaso me va a impresionar más un ataque a una sinagoga que a un templo de mi religión? ¡Ha habido tantos!
Pues sí, me ha impresionado más porque nosotros somos un país no sólo cristiano, sino en su mayoría católico y aquí el judaísmo es una minoría. Detesto la discriminación de las minorías. Detesto toda las discriminaciones por raza, religión o lo que sea y he sentido con esta destrucción en la Sinagoga de Mari- Pérez una discriminación cobarde.
Venezuela siempre se distinguió por ser un país de tolerancia. Recuerden que sólo aquí se recibió aquel barco lleno de hebreos que habían huido de la persecución nazi. Éste había sido rechazado en otros países latinoamericanos. Gobernaba el general López Contreras y le abrió las puertas a aquella gente al borde de la desesperación. Aquí encontraron una patria donde tuvieron hijos venezolanos y contribuyeron con su trabajo y con su inteligencia a engrandecerla.
Otros judíos llegaron antes, desde siglos pasados, en busca de mejores oportunidades de trabajo y de comercio. Se establecieron definitivamente. Sus hijos estudiaron con nosotros en los mismos colegios y universidades, nunca hubo diferencias entre unos y otros, respetábamos sus creencias y ellos las nuestras; compartíamos meriendas de cumpleaños, paseos, bailes, sin poner barreras entre nosotros. ¿Por qué ahora unas manos criminales atentan contra su libro sagrado, el de la ley mosaica, la Thora?
La Sinagoga de Maripérez es un lugar emblemático de la ciudad tolerante. Cerca está la iglesia de Santa Rosa, cerca está la Mezquita, como también el templo de los maronitas. Siempre hemos sido, dentro de nuestra diversidad de religiones, un solo pueblo venezolano. ¿Por qué este ataque desleal?
Yo tengo vergüenza. Cuando a mi padre le quitaron todo en aquellos inicuos juicios de peculado contra los gomecistas, una sola persona se le acercó en el Club Venezuela para ponerle en la mano una chequera en blanco: era un judío, el señor Benaím. Su hijo Roberto se casó pocos años más tarde con una de mis queridas compañeras del bachillerato en el Colegio San José de Tarbes, también judía: Anita Attías. Nunca he olvidado el gesto del viejo Benaim. ¿Por qué hoy unos vándalos saquean su lugar de ceremonias religiosas?
Los cristianos  no podemos olvidar  que en la sinagoga judía nació  nuestra fe.
Jesús llegaba a Nazaret, a Cafarnaúm, entraba en la sinagoga, desenrollaba los libros sagrados, leía algún pasaje de la escritura y comenzaba a explicarlo. Así fue enseñando su doctrina. Somos hijos de la sinagoga, hermanos menores del pueblo judío. Lo menos que podemos tener por éste es respeto y también ve- neración por sus sinagogas. ¿Por qué unos compatriotas nuestros ensucian con letreros infames las paredes de la Sinagoga de Maripérez?
¿Por qué, por qué? Porque nos están sembrando odio, divisiones, nos están poniendo a unos contra otros, ¡a nosotros, que siempre hemos sido un pueblo pacífico, amable, tolerante! ¡No! No podemos aceptarlo.
Venezuela no tiene que meterse como país en los conflictos tan lejanos y tan ajenos. Nos duelen las guerras entre israelitas y palestinos, sobre todo porque son entre pueblos que han vivido juntos. Me contó hace años una señora judía que vivía en Nazaret, cómo, cuando terminaba el ayuno y el consumo de panes ácimos, el primer pan con levadura que comían en su casa se los traía listo la vecina árabe. Nos duele que el terrorismo de fanáticos fundamentalistas provoque ahora esta desunión feroz y cruenta. Nos duele, pero no hacemos nada por remediar estos males con la absurda expulsión del embajador de Israel y mucho menos con el atropello a la Sinagoga de Maripérez.
¡Oh Dios, sólo podemos contribuir a la paz del mundo respetando en nuestro territorio las reglas de la convivencia!  Cada quien en su parcela siembre la paz y quizás comience así una mínima, pero a la larga efectiva irradiación hacia afuera, hacia las naciones del planeta. La paz es una forma de vivir el amor… ¡y el amor es expansivo!

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