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Por José Danor
Las Naciones Unidas, por medio del secretario general Ban Ki-moon, y hasta el Gobierno de Turquía pasando por algunos de Europa, aumentan sus esfuerzos para detener la salida de la nueva Flotilla Humanitaria hacia la Franja de Gaza desde un puerto de Turquía.
El Gobierno de España, por ejemplo, en un reciente comunicado informa sobre la carta que el secretario general de Naciones Unidas envió a la ministra de Asuntos Exteriores y Cooperación el pasado 24 de mayo, en que pedía al Gobierno de España, en su condición de ribereño del Mediterráneo, “a que usara su influencia para desalentar el envío de esas embarcaciones, que pueden provocar un agravamiento de la situación”.
Añade: “El director general para el Mediterráneo, Magreb y Oriente Próximo (DGMMOP) ha transmitido a los organizadores que el Gobierno desaconseja la participación española en la Flotilla por razones tanto políticas como de riesgo para los ciudadanos participantes en la iniciativa”.
Con razón, ahora es fácil alegar que ya no hay un cerco a Gaza porque Egipto abrió el paso de Rafíaj (aunque luego lo cerró por algunos días cuando fueron detenidos miembros de Hamás que programaban ingresar a la Franja costera un nuevo cargamento de armas).
A ello se suma el hecho que Israel aumentó considerablemente el número de camiones al que se les permite ingresar mercaderías, además de ampliar la nómina de productos solamente limitada en los casos que se trate de componentes para la fabricación de armas.
A pesar de esto, los organizadores de la nueva campaña propagandística no tienen ánimo de detenerse en su iniciativa, ya que de tanto vociferar su odio a Israel más que el amor a los palestinos ahora les resulta incómodo anular la travesía.
Un elemento nuevo se agregó al panorama de Oriente Medio que puede convertirse en la salvación para los voluntarios de las entidades de derechos humanos que antes de embarcar están preparando sus “instrumentos pacifistas” como hachas, barras de hierro, sierras portátiles y demás.
Los miles de refugiados sirios alojados, ni más ni menos que en la propia Turquía cuando al primer ministro Ardogan se le pasó el pudor de tantos años de respaldo al déspota y le entró un sentimiento de compasión por hombres, mujeres y niños que de no escaparse serian las futuras victimas de los francotiradores del presidente Bashar Assad.
Qué mejor propaganda para dar a conocer al mundo las intenciones humanitarias y pacifistas, que dirigir la ayuda a los campamentos de refugiados para ayudar a esa pobre gente perseguida por el tirano de Damasco.
Pero además, por si eso no alcanza, los acontecimientos del último año en Oriente Medio añadieron a la potencial lista de beneficiarios con la ayuda humanitaria a ciudadanos de países como Túnez y Libia.
Ni hablar que a los millones de pobres egipcios, que deambulan por las calles en busca de algún tipo de trabajo que les permita comer algo o llevar alimentos a sus familias, les vendría bien esta ayuda.
Y qué decir con los millones de víctimas de las guerras y conflictos en Sudán. El hecho que sus penurias no aparezcan en los titulares de los periódicos no significa que todos ellos mejoraron su nivel de vida y cambiaron la búsqueda de comida por vacaciones en la Costa Azul.
Desde esta modesta columna me permito sugerir que en esta ocasión, la ayuda de “los humanitarios pacifistas” del IHH y otras instituciones, incluya elementos positivos en lugar de las toneladas de desperdicios que enviaron la vez anterior, al punto que los palestinos no querían retirar del límite con Israel los bultos correspondientes.
Si de todas maneras resuelven enfilar hacia esta zona, nuevamente serían detenidos por comandos israelíes con el consiguiente mal rato que ello les provocaría. Esto lo escribimos antes de considerar el alto costo que representa para Israel un operativo de esta magnitud y el riesgo que representa para los comandos el enfrentar a las hordas “humanitarias”.
Fuente: Aurora Digital

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