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Por Beatriz W. de Rittigstein
Rememoramos el ataque terrorista que redujo a escombros el edificio sede de la AMIA, con un saldo de 85 muertos y cientos de heridos entre quienes estaban dentro del predio y quienes caminaban por esa calle. De forma semejante, dos años antes, un embate dinamitero destruyó la embajada de Israel en Buenos Aires.
La impunidad e indolencia han caracterizado las indagaciones, juicios y sanciones. No obstante, con respecto a la AMIA, las pesquisas determinaron que los autores intelectuales eran las autoridades iraníes de ese momento; y los ejecutores, milicianos del Hezbollah, incluyendo al suicida que produjo el estallido. Se sabe de la complicidad de elementos policiales argentinos, pero en ese punto no se ha avanzado, tanto por falta de voluntad, como por los costos políticos que generarían una certera investigación.
Ambas tragedias muestran con claridad las pretensiones del extremismo islámico. En primer lugar, arremetieron contra la legación israelí a miles de kilómetros de distancia de la región donde se ubica el agresor y el agredido; es decir, no hay límites geográficos. Luego, el fanatismo dio un paso más al atacar a una institución judía; ello evidencia que en su criminal visión, Israel y una comunidad en América del Sur, significan lo mismo.
El asunto es más grave, pues la intolerancia islámica y sus terribles métodos se han ido expandiendo en numerosos países, apoyándose en el modelo iraní. Lo hemos visto en el metro de Madrid o Londres; en un templo en Estambul o en la isla de Yerba; en un vuelo Colón-Panamá o en una cafetería en Jerusalén; en un hotel en Mumbai o en Aman; en una discoteca de Berlín o Bali. Ese es el riesgo de dar entrada a los promotores del dogmatismo delirante. 
Estos dos ataques terroristas ocurridos en la década de los 90, en Argentina, los primeros de esta guerra emprendida por el Islam radical utilizando el terror, revelan que, pese a tener objetivos directos previamente estudiados, cualquiera es vulnerable; basta la fatalidad de estar en el lugar y momento precisos. La violencia extremista no mide consecuencias, por el contrario, en su sanguinario ánimo, ello constituye ganancia.

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