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Por Beatriz W. De Rittigstein
La expansión de Irán junto con Hezbolá, su brazo ejecutor, por nuestra región es alarmante.
Pronto se cumplen 16 años del ataque terrorista que destruyó la sede de la AMIA, acaecido el 18 de julio de 1994. Asimismo, un día después, el 19 de julio, estalló un avión que cubría la ruta entre Colón y Ciudad de Panamá, donde perecieron todos los pasajeros, en su mayoría empresarios judíos; el único cadáver no reclamado fue el de un libanés, quien al parecer portó la bomba. Anteriormente, en marzo de 1992, un carro-bomba se estrelló contra la embajada de Israel en Buenos Aires.
La relación entre estas tres embestidas no es casual; constituyen las muestras iniciales en Latinoamérica del radicalismo islámico, el cual reivindicó la autoría de los ataques, aunque luego rechazó cualquier participación. Recordemos que en un principio un grupo llamado Ansarolá, ligado a Hezbolá, con base en el sur del Líbano, se adjudicó la responsabilidad por la explosión del centro comunitario judío en Buenos Aires e hizo alusión al siniestro del avión panameño, con un comunicado desde Beirut, en el que pregonó: "Lo sucedido en Argentina y Panamá no va a detenerse. Vamos a seguir hasta que acabemos con los sionistas y podamos establecer la Shaaría".
De la investigación del caso de la AMIA, pese a los vicios que la caracterizó, lo único que quedó claro es la intrusión de diplomáticos y autoridades iraníes que son solicitados por Interpol. No hubo voluntad para esclarecer el complot local ni de seguir la pista siria, pese a los indicios que apuntan al entorno de Menem.
En el presente, la expansión de Irán por nuestra región continental es alarmante, junto con su brazo ejecutor, el Hezbolá y Siria como aliado. Pareciera que quienes están fomentando esta apertura no están conscientes del peligro que ello conlleva.

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