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Por Beatriz W. de Rittigstein
Evidentemente, Idi Amín y su aciago régimen no legaron nada edificante.
Un nefasto personaje que murió en 2003, cobró unos segundos de vida en un discurso del presidente Chávez, quien planteó dudas acerca de su crueldad. Se trata de Idi Amín Dada, quien fuera dictador de Uganda.
Las autoridades ugandesas se ofendieron ante tales titubeos. Y no es para menos, pues durante los ocho años de su régimen (1971-79), Amín acaparó un poder absoluto, implantó sus extravagantes caprichos, impuso la injusticia e impunidad y generó un verdadero genocidio, calculándose en medio millón los torturados y ejecutados entre los presuntos disidentes, por lo que la excusa de haber sido "un gran nacionalista" queda descartada.
Resulta innegable que Amín se escudó en la barbarie; exacerbó el racismo, basando las masacres, entre varias razones, en el origen étnico de sus víctimas. El errado concepto nacionalista se palpó en eventos xenófobos, como la expulsión de indios y paquistaníes, culpándolos de los males de Uganda. Tampoco podemos olvidar las persecuciones a los cristianos.
Uno de los episodios que padeció el mundo y que reflejó los rasgos del autócrata ugandés, fue el secuestro en 1976, de un avión de Air France, en vuelo de Tel Aviv a París con escala en Atenas, por terroristas del Frente Popular para la Liberación de Palestina. Idi Amín pretendió lucirse como mediador, pero en realidad fue cómplice del terrorismo; su imagen sufrió un descalabro con la "Operación Entebbe", la gesta israelí de rescate a los rehenes.
En 1978, influenciado por Gadafi, invadió Tanzania; pero el ejército vecino lo hizo huir a Libia y de allí a Arabia Saudita, donde residió hasta su muerte.
Evidentemente, Idi Amín y su aciago régimen no legaron nada edificante; por el contrario, su historia subraya las tragedias que el abuso extremo causó a su propio pueblo.

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