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Por Beatriz W. De Rittigstein
Hace poco se cumplió un aniversario más de la Guerra de los Seis Días, cuando el Estado de Israel se vio forzado a una confrontación. Tal vez por lo vertiginoso de los hechos, la globalización y la revolución tecnológica en las comunicaciones, la memoria histórica es corta y superficial. Ello intenta ser capitalizado por quienes promueven la campaña antiisraelí que arremete con la siniestra intención de deslegitimar al Estado judío.
Tras la guerra de Independencia, durante 1949, en la isla de Rodas, Israel firmó dos armisticios; uno con Egipto, el cual se anexo Gaza. Y el otro, con Jordania, que se anexó Judea, Samaria y el casco antiguo de Jerusalén.
Para 1967, Gamal Abdel Nasser lideró la agresión árabe contra Israel. Apoyado por la URSS, con suministros de armas e instructores militares, especialistas en aviación y proyectiles, se lanzó a la aventura bélica, pasando de las constantes amenazas a los hechos. Así, se intensificaron las incursiones árabes contra Israel; numerosas poblaciones israelíes fueron blanco de la artillería emplazada en los límites de Siria, Jordania y Egipto. Poderosos batallones blindados egipcios fueron concentrados en el Sinaí y el gobierno de Nasser exigió la salida de las fuerzas de la ONU que garantizaban el alto al fuego en la zona.
Como parte de las acciones bélicas, Egipto bloqueó el estrecho de Tirán, cortando el paso de los barcos hacia y desde el puerto israelí de Eilat. En repetidos discursos, Nasser se vanaglorió: "La guerra será general y nuestro objetivo es la destrucción de Israel".
Ante tales circunstancias peligrosas y determinantes, Israel defendió su propia existencia, desarrollando una guerra rápida contra nueve países árabes que pretendían su eliminación.

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