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Por Nelson Rivera
Muchas veces, ejerciendo el activismo que se impuso a sí mismo, el de contar su experiencia del nazismo y de Buchenwald -el campo de concentración, a pocos kilómetros de Weimar, donde permaneció a lo largo de 16 meses-, Jorge Semprún se formuló a sí mismo la pregunta de si era "conveniente y defendible" que él hiciera uso de la palabra para hablar de los desaparecidos, de aquellos que se perdieron en el abismo nazi.
Semprún trazaba un marco, una confesión del porqué de su activismo: un "sentimiento casi angustioso de responsabilidad", una necesidad de hacer público su testimonio. Frente a la humana tentación de hacer silencio, de separarse de la memoria revuelta por el horror, el preso 44.904 escogió indagar hasta los límites en su propia memoria. Hablaba en nombre del silencio acumulado. De tantas muertes anónimas, mudas, innombrables.
Pero este abrir los recuerdos al mundo, este exponer la atrocidad de lo padecido, no debía, no podía hacerse sin la obligación del rigor, sin exigirse el cumplimiento de condiciones de verificación, que hicieran imposible desmentir cada testimonio. Por la memoria de las vidas aniquiladas por el totalitarismo, recordar se constituía en una tarea moral y política.
Durante una conferencia dictada ante varios de los supervivientes de Buchenwald, el año de 1995, el preso 44.094 se refería a dos objetivos: "Por un lado debemos hacer una reflexión crítica del pasado. No podemos ni debemos darnos por contentos representando el papel de víctima o de héroe. No podemos sentirnos satisfechos con estos papeles. Ya sabemos que ambas cosas evitan la mirada crítica, rechazan el examen de conciencia autocrítico. Los héroes y las víctimas son personajes de una sola pieza, inflexibles, monolíticos, carentes de contradicciones".
En aquella intervención Semprún se refirió a un episodio nefasto: el destino de Ernst Busse, Erich Reschke y Walter Bartel, comunistas como él, quienes fueron sus compañeros en Buchenwald. Narra cómo otros comunistas perseguidos por los nazis condenaron a muerte al checo Josef Frank, a quien se torturó para obtener de él una confesión falsa, la de haber colaborado para las SS y para la Gestapo.
De las extensiones de este proceso, provino el juicio contra Busse, Reschke y Bartel. Los dos primeros fueron declarados culpables y deportados a un gulag. El primero desapareció en un campo de concentración estalinista. El segundo murió esperando su rehabilitación pública. El tercero logró salvarse de los interrogatorios de sus propios ex camaradas.
Y cierro con esta pregunta que Semprún se hizo en 1995: "¿Hay en realidad algo más absurdo, algo más humillante para alguien que ha estado prisionero, para alguien que ha sido víctima, que acabar su vida vestido con el uniforme del verdugo?".
Fuente: El Nacional

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