Los medios son cómplices del conflicto árabe-israelí

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Por Gabriel Bacalor
Mientras las principales agencias internacionales de noticias reportan invariablemente la compleja coyuntura que atraviesa la población árabe palestina bajo ocupación israelí, los desafíos inherentes a la resolución del conflicto son, sugestivamente, ignorados. ¿Qué papel juega la prensa internacional en la controversia asimétrica entre israelíes y palestinos? ¿Quiénes se benefician con la actual cobertura mediática del conflicto?
“El periodismo moderno justifica su existencia por el gran principio darwiniano de la supervivencia del más vulgar”. A más de un siglo de su muerte, esta notable reflexión de Oscar Wilde continúa siendo más vigente que nunca**.
Quien siga las noticias de Medio Oriente a través de Reuters, EFE o Associated Press, deberá estar persuadido que el yugo que Israel ejerce sobre dos millones y medio de palestinos en Cisjordania, encarna el quid del enfrentamiento actual entre árabes y judíos. La ocupación militar hebrea, las disparidades económicas y el cercenamiento de los derechos civiles del pueblo palestino, perfilan el ADN primigenio de los medios dominantes en la construcción del conflicto palestino-israelí.
Entre periodistas comedidos y entusiastas, el habitual biotipo orientado a tomar instantáneas de la catástrofe se aparta de las verdaderas causas del conflicto, así como de los genuinos desafíos que deben abordar las partes involucradas para retornar a la senda de la paz.
Unidos por el miedo
Los recientes sondeos realizados por la Coalición para la Paz entre Israelíes y Palestinos (IPPC) revelan que el miedo es el factor primario que identifica a ambos pueblos. En tanto la opinión pública israelí expresa su preocupación por el carácter judío del Estado Hebreo ante la presión demográfica palestina, su contraparte árabe manifiesta desazón ante al avance de los colonos judíos en Cisjordania, que cercenan el acceso a sus tierras de cultivo y restringen su, ya limitada, movilidad territorial.
Al partir de la premisa del temor, la negativa del presidente palestino Mahmud Abás a reconocer el carácter judío del Estado de Israel, condición solicitada por el premier Biniamín Netaniahu para reanudar las negociaciones de paz, es interpretada por la dirigencia israelí como señal inequívoca de la existencia de un plan sistemático de la cofradía árabe para aniquilar al minúsculo Estado judío.
Desde esta perspectiva ideológica, las recientes iniciativas del Gobierno de Netaniahu de transferir población árabe israelí al futuro Estado palestino, responden a la agudización de un perfil conservador de auto preservación, frente al imaginario colectivo del enemigo amenazante.
En la escena palestina, el ecosistema del miedo es fogoneado por Al Jazeera y la supuesta “prensa libre” del mundo árabe, autodenominada independiente, quienes se adjudican el poder de fijar la agenda y, en alguna medida, el proyecto político regional. El grupo terrorista Hamás funda su lucha en la creencia popular que “la entidad sionista” encubre finalmente un interés expansionista, y así, la persistente repetición informativa de la construcción de viviendas judías en el territorio del futuro Estado palestino, reafirma el pánico del pueblo árabe a la eterna ocupación y excluye de su imaginario social que los gobiernos israelíes han priorizado históricamente la paz al control territorial.
Abordar los desafíos
Los medios internacionales deben recuperar su misión fundacional, abandonando los pre conceptos clásicos de la superstición binaria, para asistir activamente a la opinión pública en la comprensión integral de la información.
La conceptualización cabal de los desafíos que deben afrontar ambos pueblos constituye la única garantía real de paz y seguridad a largo plazo que, según verifica la historia reciente, sólo representan los acuerdos negociados.
La sociedad israelí requiere liberarse del slogan “no hay socio para la paz del lado palestino”.
Mientras los asentamientos judíos en Cisjordania son considerados ilegales por la comunidad internacional, es el propio Gobierno palestino, del que la dislexia política israelí desconfía, quién ha propuesto una solución territorial que permite al 75% de los colonos judíos permanecer bajo soberanía israelí. Sorprendentemente, la repercusión en los medios de esta iniciativa ha sido vaga y residual.
La ciudadanía de Israel debe abandonar el doble estándar en el que se refugia desde hace más de cuatro décadas, para decidir qué clase de “Estado judío” desea para sí. La primera opción es profundizar la idea de un Estado judío democrático, tal como especifica la Ley Básica de Dignidad Humana y Libertad de Israel, sancionada en 1992.
Si así fuere, el Estado Hebreo debería aspirar a integrarse plenamente a la comunidad y la ley internacional, rechazando la ocupación de cualquier otro pueblo, como metodología legítima de autodefensa. La otra alternativa, es decretar que el derecho histórico del pueblo judío a habitar su tierra precede a todos los demás derechos civiles y humanos.
En este escenario, la metonímica ocupación del pueblo palestino sería formalizada, anexando la Margen Occidental a territorio israelí y creando una estructura de segregación étnica similar al apartheid.
En el flanco palestino la decisión, en términos de direccionamiento, también es binaria.
La población árabe de Cisjordania y Gaza debe decidir, responsablemente, si elige la instrumentación de un Estado fundamentalista u opta por un Estado moderado y consistente con las leyes y valores que expresa la comunidad internacional. En las actuales circunstancias, la presencia de Hamás en el Gobierno palestino constituye per se una acción terrorista, que erosiona las bases de los Acuerdos de Oslo de 1993 e incumple, por su naturaleza, las Resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Nuevo paradigma
Materializar la fórmula “Dos Estados para dos pueblos” exige reconocer el legítimo derecho de las naciones judía y árabe-palestina a habitar sus hogares nacionales soberanos. La ecuación excede con creces el aspecto territorial y no puede, ni debe, resolverse mediante acciones unilaterales.
Los medios de comunicación cumplen un rol estratégico en la conformación del ideario colectivo. La visión simplificada y errónea de opresor y oprimido que transmiten con frecuencia los medios dominantes, valida la miopía informativa e influye negativamente en la construcción de la paz. Sea desde la intencionalidad o la inocencia, la contaminación del sinécdoque mediático posiciona a la prensa en el rol de cómplice del conflicto y favorece a las huestes del terror, encabezadas por la República Islámica de Irán y sus aliados en el Líbano, Siria y la Franja de Gaza.
La inestabilidad social y militar en Medio Oriente, derivada del tsunami político regional iniciado el pasado 17 de diciembre, hace imprescindible la difusión de noticias que ayuden a comprender que el problema central entre palestinos e israelíes no es la ocupación, sino el conflicto en sí mismo.
Sólo en esa etapa de prensa verdadera, los guardianes de la libertad se desprenderán de sus corazas, y quizás, por una hendija, entre Chomsky y Herman, se filtre la paz.
Fuente: Aurora Digital

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