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Por Rebeca Perli
El vocablo fascismo proviene del latín FASCIS, denominación que se daba a los fajos o manojos de varas de abedul o de olmo, atados por un cordel rojo, con los que los LÍCTORES romanos mantenían el orden público y azotaban a los prisioneros. Desde su origen, pues, el término transmitió un mensaje de represión, por lo que pasó a convertirse en símbolo de poder y de dominio. En 1919 Benito Mussolini le agregó el "ismo" de rigor para dar nombre a su recién creado partido político conformado por "FASCI DE COMBATIMENTO" o "grupos de combate".
Los "fasci" de Mussolini eran cuadrillas de relativamente pocos integrantes y, por ende, fáciles de controlar, por lo que el término encajó perfectamente en la política de los regímenes totalitarios, los cuales, a partir de pequeñas células, estimulan la "camaradería", promueven la pertenencia y son fáciles de adoctrinar. Así lo entendió también el comunismo que, si bien supuestamente inverso en su ideología, se toca en los extremos con el fascismo en cuanto a conceptos totalitarios y métodos de penetración de masas, en este caso, por medio de la "célula del partido". El nazismo tampoco está exento de deuda con las células; como dijera Daniel Guerin: "si Hitler conquistó el poder, más bien el Estado mayor alemán, fue porque disponía previamente de microorganizaciones que le proporcionaban un medio incomparable, irreemplazable, para penetrar en todas las células de la sociedad".
Los movimientos políticos estructurados en células, al igual que el cáncer, tienen gran facilidad de penetración y expansión hasta alcanzar la metástasis. El mejor tratamiento contra el cáncer es la prevención, de allí la importancia de prevenir la formación de fasci, cualquiera sea su denominación.

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