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Por Julián Schvindlerman
Según el más reciente informe anual sobre terrorismo del Departamento de Estado de Estados Unidos, el año pasado hubo once mil setecientos setenta atentados internacionales, y cincuenta y cuatro mil setecientos cuarenta y siete personas resultaron muertas, heridas o secuestradas por terroristas. La mayor cantidad de atentados tuvo lugar en el Cercano Oriente mientras que en el sur de Asia se contaron la mayoría de las víctimas fatales. A su vez, ambas regiones absorbieron el setenta y cinco por ciento de los doscientos treinta y cinco atentados de alta letalidad (aquellos que provocaron la muerte a diez o más personas) en el 2008.
Los redactores del informe son extremadamente equívocos al lidiar con la identidad de los atacantes, pero piadosamente admiten que: a) los talibanes, más que ningún otro grupo, clamaron autoría por la mayoría de atentados y de fatalidades, y que b) al-Shabaab al-Islamiya fue el segundo grupo terrorista más mortífero. En la jerga políticamente correcta de los diplomáticos de Washington, ésta sea posiblemente su manera de decir que agrupaciones terroristas islámicas han sido las responsables del mayor número de atentados en el mundo, y de la mayor cantidad de víctimas.
Eso no debiera sorprender a la luz de que veintinueve sobre un total de cuarenta y cuatro organizaciones designadas como terroristas globalmente por el Departamento de Estado son musulmanas, incluyendo grupos seculares. Entre las restantes figuran grupos como Sendero Luminoso, FARC, Real IRA, Kahane Jai, Aum Shinrikyo, y el Partido Comunista de Filipinas, entre otros. El informe indica que un número sustantivo de víctimas ha sido musulmán, especialmente en países como Irak, Pakistán y Afganistán. El último atentado terrorista espectacular (por usar un término) ocurrió en Mumbai en diciembre del 2008, y tiene antecedentes de similar calibre en Londres en el 2005, Madrid en el 2004, y —el más impactante, medido en originalidad de planificación, simpleza de ejecución y factor atrocidad— Washington y Nueva York en el 2001.
El atentado contra la sede de la AMIA en 1994 presagió esta oleada de terrorismo de envergadura, tal como lo habían hecho innumerables atentados islamistas de menor dimensión pero igual intención contra israelíes y judíos en el Medio Oriente y en el resto del mundo con anterioridad. Especialmente a partir del 2001, dos características distintivas pudieron ser detectadas en la reacción internacional, en función a la identidad de los atacantes y a la identidad de las víctimas. Es decir: a) evitar identificar expresamente a los perpetradores cuando estos fueran musulmanes, y b) distinguir conceptualmente la naturaleza del atentado cuando las víctimas eran israelíes.
De esta forma, intensos esfuerzos fueron realizados para diluir al límite de la más completa confusión la identidad de los terroristas musulmanes, en el primer caso; y en separar la Yihad lanzada por islamistas contra israelíes de aquella lanzada por islamistas contra no-israelíes, en el segundo de los casos. Esto dio lugar a dos tipos de situaciones extrañas. Una en la que terroristas musulmanes, que invocando el nombre de Alá y abiertamente anunciando que anhelaban masacrar a la mayor cantidad de infieles llevaban a cabo atentados suicidas con aprobación religiosa, eran descritos por órganos de prensa con eufemismos tales como “activistas”, “militantes” e incluso “jóvenes” o “ciudadanos de otros países”, en los cuales las palabras “terrorista” y “musulmán” eran deliberadamente desconectadas. Otra, en la que intelectuales, políticos y formadores de opinión estiraban al límite del absurdo la noción de que, de alguna manera, hacer estallar micros repletos de civiles en las calles de Tel-Aviv era algo diferente respecto de hacerlos estallar en las calles de Londres o Madrid; aun cuando en ambos casos los perpetradores de tales actos profesaran la fe islámica.
Al conmemorar el quinceavo aniversario de la voladura de la AMIA, advertimos que así como los actos de terror islamistas han hecho metástasis por todos lados, también lo han hecho la incomprensión acerca del terrorismo y del islamismo y la falta de determinación de dar respuestas reales a la combinación de ambos: el terrorismo fundamentalista islámico. Esta proliferación planetaria de corrección política y cobardía intelectual es la peor forma posible de rendir tributo a las víctimas de éste y cualquier otro atentado, cuyas muertes trágicas e innecesarias debieron habernos impulsado a deshacernos de nuestra pereza moral a la hora de combatir el mal.

Fuente: Nuevo Mundo Israelita / www.nmidigital.com

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