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Por Pilar Rahola
Justicia o venganza, se preguntaba Josep Cuní en TV3, y la pregunta aterrizaba con puntería en la dualidad más punzante de una democracia.
Ciertamente los estados de derecho sólo se pueden plantear ejercer la justicia, dado que la venganza forma parte de la ley de la jungla. Si la historia de la civilización es la creación de un código social con las reglas definidas que conocemos, es evidente que el instinto de venganza no forma parte de ello. Pero a pesar de la lógica del planteamiento, no creo que sea esta la cuestión.
Es evidente que la muerte de Bin Laden no ha sido un acto de justicia, y la mención de este concepto en el discurso de Obama fue un chapucero resbalón. Las democracias sólo pueden hacer justicia con los organismos pertinentes, y no con un Jack Bauer metido a héroe. Pero tampoco creo que estemos ante un acto de venganza, porque entonces, aparte de indefendible, sería de un infantilismo considerable. Si los países más serios del mundo se dedicaran a cultivar este tipo de bajos instintos, ni serían serios ni serían seguros. No.
Personalmente considero que ni han hecho justicia ni venganza, sino que han perpetrado un acto de guerra, con la lógica perversa que significa toda guerra. “Pero en las guerras no gana nadie”, me decía con razón Joan Julivert. Ciertamente, pero sin que gane nadie, hay uno que tiene que perder. El ejemplo recurrente del nazismo es el más eficaz. Nadie ganó en la Segunda Guerra Mundial, porque sus millones de muertos no permiten conjugar con pureza este verbo. Pero perdió uno de los bandos, el totalitario, el que masacraba pueblos y conquistaba Europa, y este hecho fue fundamental para el futuro de los millones de europeos que sufrieron el zarpazo del totalitarismo. Sin embargo, si los aliados hubieran reaccionado antes, si Chamberlain no hubiera ido de paseo con Hitler, si los países que ocupaba y los millares de personas que enviaba a los campos hubieran preocupado antes a los países democráticos, nos habríamos ahorrado millones de víctimas.
Y está la pregunta del millón. ¿Cuando Hitler empezaba a ser la amenaza mortal que fue, y lo hubieran tenido a tiro, no habríamos evitado una terrible guerra? A estas alturas del artículo habrá quien diga que el terrorismo islamista no es el nazismo, y que la comparativa es imposible. Es evidente que no estoy de acuerdo.
El yihadismo es la amenaza totalitaria del siglo XXI, heredera natural de los totalitarismos del siglo XX. Ha declarado la guerra contra el mundo y, aparte de estresar la vida cotidiana de las sociedades que violenta, ha conseguido matar a miles de personas. Es una guerra con toda su crudeza, por mucho que la trinchera sea el mapamundi. En este contexto, la muerte de Bin Laden es un acto de guerra. No es bonito, no es simpático, no es justo, no es injusto: es un eslabón más de la larga cadena de un conflicto bélico.

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