El nuevo antisemitismo
31/07/2011
Andrés Eloy Blanco
02/08/2011

Por Diego Martínez
“Los fanatismos que más debemos temer son aquellos que pueden confundirse con la tolerancia” (Hugo Ojetti).
Se habla habitualmente de religión y política, como si se tratara de entidades siempre separadas y opuestas, como de “naciones” culturalmente dispares y, cada una con respecto a la otra, ajena, extranjera e intolerante.
Sólo después, en ocasiones y con bastante fatiga, se busca un diálogo siempre sesgado. Las cosas no deberían ser así y, por fortuna, a veces no lo han sido ni lo son.
Para conquistar un punto de vista distinto debemos suponer que lo que separa a la religión y a la política, por lo general, no es una distinción abismal sino una frontera móvil. Límite, sin embargo, que viene siendo movido desde hace una treintena de años principalmente, con la aparición, en 1979, de los ayatolas en Irán, por el integrismo y su expansión internacional.
A diferencia de otras “reformas”, el islamismo radical predice una religión pura contra otra impura. Porque la ignorancia, especialmente en ese binomio de poder totalitario, religión-política, es una amenaza contra la humanidad. Y lo es porque el integrismo islamista persigue un objetivo o sometimiento político con las armas, no con la crítica o diálogo intelectual.
Y un claro ejemplo de esto es un hecho ocurrido en el último tramo del año 2010 en España.
Que los musulmanes no comen cerdo es algo conocido. Pero que tampoco les gusta oír hablar de jamones resulta chocante. Sobre todo, como ha ocurrido, cuando una familia denuncia al profesor de su hijo por racismo al haber utilizado en clase de Geografía esta parte del cerdo como ejemplo de explicación. Increíble pero cierto.
Esto quedaría en una simple anécdota si no fuera porque las mezquitas españolas baten en los últimos tiempos récords en la expansión de la Yihad Islámica.
El año que acaba de terminar se han celebrado, que se sepa, diez Congresos Salafistas en España, destinados a recaudar fondos para seguir difundiendo el mensaje radical y expansionista. El objetivo es claro: conseguir el “califato universal”.
El crecimiento de este movimiento salafista en España coincide con la ocupación de amplias zonas del desierto del Sahara -antigua colonia española y ariete con el que Rabat golpea a Madrid- por parte de la organización Al Qaeda en el Magreb islámico, la sucursal terrorista de Osama Bin Laden que acosa el norte de África y, en consecuencia, el sur de Europa.
Y es que la extensión en España de las redes más integristas del Islam no es un mensaje alarmista, sino una realidad constatada por los Servicios de Información del Estado español.
Refugiados en los beneficios de la democracia y de la tolerancia del Gobierno, España -por datos demográficos en mano de obra y tasa de natalidad, además de situación geográfica- es el país idóneo para los objetivos de la expansión de la Yihad a Europa, así como centro de operaciones para sus acciones terroristas en Israel a través de activistas de Hamás y Hizbollah, organizaciones, por cierto, a las que los dirigentes de Teherán y Damasco siguen abasteciendo de todo tipo de armamentos.
El Gobierno español -claramente pro palestino- reitera, una vez más, su intención de reconocer este mismo año al nuevo Estado palestino, mientras otros lo harán en breve y otros se desmarcan.
Y, sin embargo, no ha aumentado la presión sobre las redes islamistas más extremas, refugiadas en los beneficios de una democracia que nada tiene que ver con la indefensión de la sociedad.
Otro claro ejemplo es el fracaso de la Alianza de Civilizaciones, propuesta y promovida por el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero. La intención, en principio, era buena. Sin embargo, en Oriente Medio, el conflicto no es solamente de palestinos e israelíes, ni siquiera de árabes y judíos.
Pero lo que sí es cierto es que Irán, Siria, Hizbollah, Hamás, Al Qaeda y la Yihad Islámica, entre otros, están desempeñando un papel muy activo en la destrucción del Estado israelí.
Y tanto Hamás como el régimen iraní y la organización extremista Hizbollah no van a cambiar o modificar su ideología. Y eso lo saben muy bien tanto el Gobierno español como sus socios comunitarios y la comunidad internacional. Es más, en medio de esa tolerancia hipócrita, los fundamentalistas de Hamás y Hizbollah son sostenidos militar y económicamente por Irán, Siria y otros países árabes.
Más preocupante es la posición de Turquía, un socio de referencia del presidente Rodríguez Zapatero en esa utópica Alianza de Civilizaciones.
Posiblemente, el papel del Gobierno turco -con el apoyo al buque Mavi Marmara en su intento de romper el bloqueo a la Franja de Gaza- persigue como objetivo estabilizar su política interior, que tiene muy poco que ver con el conflicto árabe-israelí.
Además, el incidente coincidió el mismo día en que la OIEA (Organización Internacional de Energía Atómica) lanzó el último informe sobre los programas nucleares sirio e iraní, que muestra que ambos países están violando las normas internacionales.
Lo que resulta inaceptable es que Turquía se convierta en “amigo” de Irán al mismo tiempo que pertenece a la Alianza Atlántica, que cree que Teherán es un peligro potencial.
Por eso, hay una tendencia dominante e interesada en Occidente que muestra a los palestinos como víctimas y que las víctimas no hacen nada malo, así que Israel tiene la culpa de todo. Un punto de vista muy simplista, que no refleja en absoluto la realidad imperante.
Con el control de Hamás en la Franja de Gaza, para la constitución de un Estado palestino haría falta una buena dosis de buena voluntad.
Por mucho que se diga en su contra, Israel vive sitiado por dos regímenes islámicos: uno al norte, el acaudillado por Hizbollah en el Líbano, y otro al sur, en la Franja de Gaza, con Hamás como enemigo declarado de Israel y del pueblo judío.
Con esta situación, el Estado israelí no puede permitirse un tercer frente radicalizado en su flanco oriental. Y esto lo sabe, pero lo calla, la comunidad internacional.
Con estos ingredientes, el conflicto israelí-palestino se presta a fácil maniqueísmo y condena.
Debemos ser cuidadosos de evitar estereotipar a la gente por su práctica religiosa. Sin embargo, aclarado esto, y generalmente hablando, los árabes y los musulmanes tienen un rechazo y desconfianza hacia los judíos -más que por judíos, por considerarlos occidentales-; y lo que es más importante y también constatable: el islamismo radical no se arredra.
Al contrario, como en su día señaló el líder libio Muhamad Kadafi: “El primer paso para la islamización de Europa será la entrada de Turquía en la Unión Europea”.
Y Bruselas, la Alianza de Civilizaciones y la comunidad internacional miran para otro lado; priman más los intereses comerciales, energéticos y geoestratégicos que la inestabilidad a escala mundial.
Quizá sea crudo recordar estos hechos, pero son eso: hechos.

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