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Por Eleonora Bruzual
Comienzo haciéndome esa reflexión… Y es que no logro entender el porqué de tanta saña contra la Nación Judía, y como no consigo explicación, debo concluir que esa saña es producto de ese sentimiento ruin, de ese desenfreno que atrapa a muchísima gente: La envidia, único vicio que no da placer…
Los seres mediocres necesitan desesperadamente destruir todo aquello que los deja en evidencia, de allí que dentro de ese lote de nulidades Israel tenga y haya tenido siempre sus más granados y furibundos detractores. Yo no concibo a Hugo Chávez o a cualquiera de sus conmilitones admirando la saga del pueblo israelí, valorando la historia de esa nación que esta semana celebra las primeras seis décadas del logro de su tierra ancestral.
Yo no concibo que ese lote de mediocres presentes en muchas partes de este mundo y que han mezclado en una lata herrumbrosa comunismo, militarismo, populismo, corrupción, nepotismo, amiguismo, fundamentalismo, terrorismo, narcoguerrilla y que hoy en día se juran los dueños del planeta, puedan sentir la menor identificación con ese pequeño país con poco más de siete millones de habitantes en un territorio de apenas 22.145 km2 y que ostenta sin demasiada vanidad desarrollos científicos, sociales, culturales, industriales y políticos prodigiosos.
Yo no concibo a un tipo como Rodríguez Chacín -por ejemplo- buscando asesores policiales israelíes. O a Elías Jaua flamante encapuchado que ahora ostenta la cartera de Agricultura y Tierras, queriendo conocer la experiencia fascinante de los Kibutzim o al tal Haiman El Troudi -como Jaua de origen árabe- queriendo aprender de los aciertos de la economía israelí que se traducen en una real calidad de vida de su gente…
No, a ellos y a un montón de mediocres más -criollos y foráneos- Israel les produce una envidia cochina que los carcome. Pero no importa, ese vicio canalla no frena la realidad de esa Nación ni me impide decir a pleno pulmón que gracias a Dios y al tesón de los judíos ¡Am Israel Jai! (El pueblo de Israel vive).

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