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Por Marcos Aguinis
Cuando Freud publicó sus investigaciones sobre la pulsión de muerte, provocó sorpresa y hasta rechazo incluso entre quienes lo respaldaban con admiración. Parecía haber avanzado demasiado lejos. ¿Cómo podría desearse la muerte por sobre la vida? Freud, sin embargo, se refería a lo que no es tan evidente en la complejísima fisiología mental y ofrecía abundantes pruebas sobre sus incómodos descubrimientos. Una nueva demostración llegaría poco después de su fallecimiento. Europa sería arrasada por una conflagración más brutal que la de 1914 y en ella tendría un destacado papel una organización encargada de consumar asesinatos masivos, las SS, que vestían de negro e irradiaban la siniestra luz de una calavera sobre su gorro militar. Las SS no sólo fueron el arrogante cuerpo de élite nazi, sino las encargadas de operaciones de limpieza humana jamás vistas hasta entonces en sus atroces campos de exterminio.
La pulsión de muerte cobró un ominoso banquete: más de cincuenta millones de muertos y la destrucción de casi toda Europa, en especial de la misma Alemania, como esa pulsión quería en forma inconsciente.
Ahora la Humanidad se resiste a reconocer que la pulsión de muerte, aunque sea universal, infectó de manera profunda a otro maravilloso país: Irán. Y que esa infección virulenta ha empezado a propagarse. Las consecuencias pueden superar los máximos salvajismos conocidos hasta el presente.
Un documentado estudio del analista político alemán, radicado en Hamburgo, Matthias Kuntzel, acaba de suministrar informaciones que hacen erizar los pelos de cualquier persona responsable. Se parecen a los terribles datos de la Europa ocupada en 1940, que golpeaban con desesperación los despachos de las democracias, pero que no eran escuchados, porque sonaban inverosímiles.
Las informaciones de Kuntzel no son un secreto: sólo hay que prestarles atención. Él nos recuerda que en la guerra de Irak e Irán, el ayatolá Khomeini hizo una extraña compra a Taiwán: quinientas mil llaves de plástico, que debían jugar un papel motivador. Resultaba evidente que Saddam Hussein había aprovechado para atacar a su vecino mientras se contorsionaba en el difícil comienzo de la revolución islámica. La desventaja de Irán era enorme y Khomeini decidió compensarla enviando al frente a legiones de niños, muchos de los cuales sólo tenían doce años. Ordenó que a cada uno le colgaran del cuello una llave de plástico, con la que iban a abrir las puertas del paraíso.
Una de las operaciones más crueles que se les asignó fue limpiar rutas minadas por las tropas de Saddam Hussein. Los niños avanzaban en cerradas formaciones, haciéndolas explotar con sus cuerpos. Después podían ingresar, seguros, los soldados. El diario semioficial iraní Ettelaat comenta: “En el pasado (es decir, en la guerra contra Irak) teníamos chicos voluntarios de doce a diecisiete años. Iban a los campos sembrados con minas. Sus ojos no veían nada. Sus oídos no escuchaban nada. Y luego, un momento después, se veían nubes de polvo. Cuando el polvo sedimentaba, ya no se los distinguía más. Ampliamente desparramados en el campo, quedaban trozos de carne humeante y pedazos de hueso”. Estas escenas debían ser corregidas, y el diario asegura a sus lectores: “Antes de entrar en los campos minados, los niños se empezaron a envolver con frazadas. Después rodaban sobre la tierra, de modo que las partes de sus cuerpos pudieran conservarse en gran parte juntas luego de la explosión y se las transportara a una tumba”.
Estos niños pertenecen a los Basiji Mostazafan (Movilización de los Oprimidos), organización creada por Khomeini y de la que el actual Presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, es un distinguido instructor. Los Basiji superan a las escalofriantes Juventudes Hitlerianas por su fanático amor a la muerte. Es una milicia de cientos de miles de voluntarios dispuestos a ir con júbilo hacia su propia destrucción. El Frankfurter Allgemeine publicó la orgullosa entrevista a un veterano iraní de aquella guerra, en la que contaba: “Los niños destruían las minas con sus cuerpos. Era una especie de carrera entusiasta. Incluso sin órdenes de sus comandantes, cada uno quería ser el primero en explotar”. Pero debemos ser justos en reconocer que antes de usar a los niños para esta masacre, Khomeini había probado con burros y caballos. Pero bastó un sólo estallido para que los burros y los caballos huyeran aterrorizados a campo traviesa.
Los Basiji han crecido en forma exponencial e incorporan a gente de más edad también. Ahora son utilizados como fuerzas de choque contra cualquier protesta antigubernamental. Desempeñaron un papel decisivo contra los levantamientos estudiantiles de 1999 y 2003. Mientras que los guardias revolucionarios son soldados adultos y bien entrenados, los Basiji están compuestos por niños de doce a diecisiete años y por adultos mayores de cuarenta y cinco, muchos de ellos analfabetos y sin preparación militar. Lo único que se les enseña es la gloria del martirio. Cada uno posee una cinta rojo sangre en el pelo, que exhibe la voluntad de morir.
La táctica empleada por los Basiji en la guerra es el ataque por oleadas. Avanzan contra el enemigo en cerradas formaciones. No importa si recibirán balas, obuses, granadas o bombas, o si volarán por la explosión de una mina. Lo importante es avanzar siempre, pisar los restos de los camaradas que cayeron antes y seguir adelante, ola tras ola. Una vez que las tropas enemigas empiezan a abrirse o a decaer, entonces marchan los guardias revolucionarios. Es impresionante el testimonio de un oficial iraquí cuando confesó: “Venían en densos grupos, agitando los puños. Uno puede disparar contra la primera ola de niños; después, contra la segunda. Pero llega un momento en que la pila de cadáveres amontonados te hace aullar, con ganas de tirar lejos tu arma. ¡Son seres humanos, después de todo!”. En los tres primeros años de esa guerra que duró ocho, se calcula que cuatrocientos cincuenta mil niños fueron enviados al frente.
El semanario Der Spiegel documenta cómo fue reclutado un niño llamado Hossein, pese a las leves secuelas de su poliomielitis. “Cierto día, un imán llegó al pueblo. Convocó a toda la población a la plaza, frente a una estación de policía, para transmitir buenas noticias del ayatolá Khomeini: el Ejército islámico de Irán había sido elegido para liberar Al Quds (Jerusalén) de los infieles. Cada familia tenía el deber de nutrir al Ejército de Alá. Como el pequeño Hossein era el menos necesario para su familia y, además, no podía gozar de esta vida por causa de su enfermedad, fue elegido por su padre para que luchara contra el mal que encarnan los infieles”.
La corriente islámica chiíta, que predomina en Irán, se inspira en la convicción de que Hussein, el nieto de Mahoma, debía haber sido el líder del Islam, no el califa Yasid. Yasid persiguió y asesinó a Hussein en Karbala. Su cuerpo fue atravesado por treinta y tres lanzazos y cortado por treinta y cuatro golpes de espada. Luego fue pisoteado por caballos. Este martirio horrible es evocado en la festividad de Ashura, donde los fieles se flagelan para imitar al venerado Hussein y algunos llegan incluso a mutilarse y hasta matarse. Los chiítas esperan el regreso del Mahdi o Duodécimo Imán, equivalente al Mesías de los judíos o a la segunda llegada de Cristo para los cristianos. Es el último de los descendientes de Hussein, que desapareció tempranamente sin dejar descendencia y permanece oculto hasta el esperado momento de su manifestación gloriosa.
El ayatolá Khomeini dio un giro osado a la tradicional postura chiíta de aguardar con paciencia y buenas acciones. Khomeini no quería esperar. Invistió el arraigado mito de un sentido diferente. Afirmó que para acelerar el retorno del Mahdi los fieles debían despertar de su letargo y luchar fieramente contra el mal. Se inspiraba en los Hermanos Musulmanes de Egipto, que no eran chiítas, pero que anhelaban dar batalla. El mal es la modernidad, con sus degenerativos derechos individuales, el estímulo de la sensualidad, el pensamiento racional paralelo a la fe y el inaceptable pluralismo de ideas. Unió la combatividad de los Hermanos Musulmanes (a quienes el Presidente Nasser persiguió y ajustició) con su credo chiíta e impuso en Irán la convicción de hacer una guerra con ambiciones universales. Por eso los niños cuyos cadáveres se apilaban en el frente de batalla gritaban para darse valor: “¡Contra el Yasid de nuestro tiempo!” (Saddam Hussein) o “¡Una nueva Karbala nos espera!” o “¡Que retorne el Mahdi!”.
Khomeini insistía en sus discursos en que la muerte es el comienzo de la verdadera existencia. Afirmó en octubre de 1980: “El mundo natural es el más bajo, apenas la espuma de la Creación. Lo que importa es el mundo divino, que es eterno”. Ese mundo eterno y maravilloso es accesible a través del martirio. La muerte no es muerte, sino el tránsito de un nivel inferior a uno superior y espléndido. No interesa que el guerrero gane o pierda en la batalla, sino que muera como mártir: entonces su victoria está asegurada, porque se le abren las puertas del Paraíso.
El Presidente Mahmoud Ahmadinejad inauguró en noviembre último la Semana Basiji. Los datos oficiales señalan que cerca de nueve millones de Basiji, un doce por ciento de la población, se manifestó en favor del Presidente. Sólo en Teherán la suma llegaba a un millón doscientos cincuenta mil personas. Con esta demostración de poder se quiso probar que no había retorno a las débiles reformas intentadas en el período presidencial anterior. Ahmadinejad hasta prohibió la música clásica en las emisoras oficiales, por considerarla inmoral. Ahmadinejad dijo en septiembre último, al hablar por primera vez ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, que imploraba el pronto retorno del Mahdi. Su posición apocalíptica se manifestó en una de las entrevistas por TV, en la que expresó con énfasis: “¿Acaso hay algo más hermoso que el arte del martirio?”
De acuerdo con la nueva interpretación teológica, el Duodécimo Imán regresará antes si los fieles se lanzan a una decisiva y espectacular guerra contra los infieles. ¿Para qué, entonces, firmar compromisos o detener la producción de material atómico? Irán no necesita energía nuclear para su desarrollo pacífico, porque le sobra petróleo. Sólo lo necesita para su proyecto bélico, como le pasaba a Hitler con su carrera armamentista. Avanza con una ciega e irrefrenable pulsión de muerte, que terminará produciendo una catástrofe universal de la que ni el mismo Irán podrá salvarse. El planeta está amenazado como nunca antes. La inconsciente —ahora no tan inconsciente— pulsión de muerte afila los cuchillos de otro festival demoníaco, mientras los responsables del mundo deliberan y deliberan, como si tuvieran mucho tiempo para despilfarrar.

Fuente: La Nación (Argentina)

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