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Por Julián Schvindlerman
Al firmar el decreto que reconoce “virtudes heroicas” simultáneamente a Juan Pablo II y a Pío XII -haciéndolos “venerables”, lo que abre el camino a la beatificación y eventual canonización- Benedicto XVI ha replicado un modelo ya empleado por su antecesor en el año 2000, cuando éste beatificó al mismo tiempo a Juan XXIII y a Pío IX, pretendiendo complacer así a conservadores y progresistas dentro de la Iglesia Católica y a la vez apaciguar protestas de la comunidad judía global. Así como Juan XXIII es admirado y Pío IX despreciado por los judíos, de modo similar Juan Pablo II es ampliamente querido por la misma comunidad judía que recela de Pío XII. Aunque esta última decisión papal tenga posiblemente más que ver con asuntos internos de la Iglesia que con consideraciones externas hacia terceros, la polémica decisión ciertamente afecta a los judíos, y si bien la elección de santos vaticanos no es asunto de competencia de la grey hebrea, sí lo es la validación eclesiástica de un pontífice tan directamente involucrado con el destino de los judíos durante su época más oscura.
Apologistas de Pío XII suelen traer en su defensa varias citas de judíos prominentes de antaño que han aplaudido la gestión del controvertido Papa. Ya en 1945 dirigentes de la comunidad judía italiana, el secretario-general del Congreso Judío Mundial y cerca de ochenta judíos alemanes sobrevivientes de la Shoá expresaron gratitud al Sumo Pontífice. En 1955, la Orquesta Sinfónica de Israel dio un concierto en su honor en el propio Vaticano. Cuando tres años más tarde Eugenio Pacelli murió, el principal rabino de Roma y la canciller israelí hicieron llegar sus condolencias alabando los actos del Papa durante la Segunda Guerra Mundial. Incluso hoy en día, dos textos muy citados en su defensa pertenecen a judíos: Los últimos Tres Papas y los Judíos, de Pinjas Lapide, ex cónsul israelí en Milán que atribuye a Pacelli haber salvado cientos de miles de vidas judías, y El Mito del Papa de Hitler, de David Dalin, rabino que sugiere que Pío XII sea reconocido como “Justo Entre las Naciones” por Yad Vashem.
Respecto de las primeras gratitudes dadas a Pío XII durante los primeros quince años de posguerra debemos considerar un hecho crucial: todas ellas ocurrieron en tiempos en los que la verdadera dimensión de la conducta del Papa durante la guerra todavía no había sido completamente revelada. Fue a partir de 1963, con la puesta en escena de Der Stellvertreter de Rolf Hochhuth, que el papel de Pacelli comenzó a ser universalmente cuestionado. El conocimiento cabal del Holocausto y la aprehensión emocional de su enormidad estaban aún siendo procesadas. El juicio a Adolf Eichmann de 1961 todavía no había acontecido. El diario de Anna Frank, publicado en 1952, no trataba el tema. La Noche de Elie Wiesel, inicialmente publicada en 1956 en escasa tirada, aún tenía muchos años por delante antes de pasar a convertirse en el bestseller global que hoy es. Por caso, ya en 1941 el New York Times elogió a Pío XII como “una voz solitaria en el silencio y la oscuridad que envuelve a Europa”. Sin embargo, ni siquiera los apologistas de Pacelli le atribuyen haber hablado en público en contra de los nazis o a favor de los judíos durante la Shoá, limitándose a defender su silencio como la mejor postura entre peores opciones. Estas citas no prueban que Pacelli haya sido un héroe de los judíos, sino que quienes las pronunciaron así lo creían.
A propósito de Lapide, su libro, publicado en 1966, bien pudo haber tenido la intención de reciprocar a la Iglesia por el Concilio Vaticano II, concluido el año previo. Jerusalem desde siempre anheló obtener el reconocimiento vaticano a su independencia, y ello también pudo haber influido en la actitud de un ex diplomático hacia un Papa criticado. En cuanto al rabino Dalin, simplemente digamos que durante los años noventa una agrupación israelí denominada Rabinos por los Derechos Humanos vio con buenos ojos a Yasser Arafat quién -a diferencia de Pacelli- asesinó judíos por doquier, y que otrora un número considerable de judíos apoyaron a Joseph Stalin mientras éste reprimía severamente a sus hermanos. Así es que un rabino defiende a un Papa. ¿Y? En cualquier caso, más allá de las motivaciones de los autores, cabe mencionar la existencia de una nutrida bibliografía profundamente crítica del rol de Pío XII en el período 1939-1945, parte de ella ya legendaria en la materia: El Silencio de Pío XII, de Carlo Falconi; La Iglesia y el Holocausto, de Daniel Goldhagen; El Holocausto en la Historia, de Michael Marrus; Bajo sus Propias Ventanas, de Susan Zuccotti; y un largo -realmente largo- etcétera. 
Los archivos vaticanos desde el año 1922 en adelante están vedados al público. Entre 1965 y 1981 la Santa Sede permitió la publicación de muchos documentos del período de la guerra en su poder, para lo cuál convocó a sacerdotes de diversos países para que editaran los once volúmenes que hoy integran los Actes et Documents du Saint Siège Relatifs á la Seconde Guerre Mondiale. El proyecto buscaba contrarrestar las acusaciones relativas a su silencio y en consecuencia es parcial. Posteriores intentos de conformar comisiones de investigación independientes fracasaron. Hasta que los archivos vaticanos no sean abiertos a los historiadores difícilmente la verdad pueda ser conocida plenamente. En tanto Roma insista en negar acceso al récord histórico, todo intento suyo en rehabilitar a un Papa tan masiva y completamente cuestionado será justamente visto como un esfuerzo vaticano en auto-concederse la absolución.

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