Cuando suena la sirena se detiene el corazón

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Por Dori Lustron
Muchas veces, ante el peligro, las palabras no logran transmitir toda la gama de sensaciones que puede encerrar un ser humano dentro de sí. Transmitir una vivencia no es fácil, uno se queda sin palabras precisas para expresarlo. Hablar de emociones personales quita objetividad, pero no dudo de que mi sentimiento no es único: afecta a muchos. Se mezclan ansiedad, angustia y miedo; temor a lo inesperado, a la suerte de los seres queridos, al dolor.
Cuando suena la sirena en Israel, anuncia que uno o varios misiles han sido lanzados desde algún lugar. No hay tiempo para pensar. 15 segundos en Sderot, 45 segundos en Ashdod y un minuto en Beersheva. Uno reacciona y corre a refugiarse. Buscar un lugar seguro es prioridad. Dejar todo de lado para buscar una zona protegida. Miedo por la familia, no se sabe si están en un lugar seguro o si no llegan a tiempo para protegerse; miedo por los chicos que lloran asustados —todos lo estamos—, por los amigos, por todos los pobladores de la ciudad —aun los no conocidos—; por si el misil cae cerca, por si cae lejos o en zonas pobladas o abiertas sin peligro.
Suena la sirena. Si hay alguien en casa uno grita “¡Vamos!”, al cuarto de seguridad dentro de un departamento, al palier del edificio, al refugio en el sótano o en las escaleras —se construyen en el centro del edificio y es el espacio más seguro—. Si uno está en la calle, hay que buscar, rápidamente, un lugar protegido, solo que hay veces en que uno no llega y únicamente nos queda rezar para que el misil no caiga cerca. El sonido es, al principio, como el de una cañita voladora, después un gran trueno y luego la gran explosión desparramando las esquirlas de metal, sin saber a quién le tocó. ¿Dónde cayó? Los celulares se bloquean. Hay que esperar 5 minutos antes de salir del lugar por si cae otro.
La sensación es de impotencia ante el súbito peligro. Nada podemos hacer contra la inseguridad de los misiles. Somos civiles. Ancianos, mujeres y niños que no pueden correr. Un millón y medio de personas bajo el fuego de Hamás en el sur de Israel. No hay diferencias entre judíos, musulmanes, cristianos. Estamos todos expuestos al fuego de los palestinos.
¿Y de eso quién habla? Esos ridículos intelectuales españoles que tocan de oído. ¡Que vengan a Sderot o a Beersheva y sufran la caída de un misil! Misiles lanzados por los terroristas de Hamás y de la Yihad Islámica. No son milicianos… Son terroristas. Y estos trasnochados artistas que están en contra de mi país para buscar un poco de fama —porque hablar mal de Israel da notoriedad—, piensan que nosotros somos los victimarios de un pueblo bloqueado. ¿Quién le da electricidad, agua, comida a Gaza? Israel. Les pasamos los mejores productos israelíes. Tan es así que la gente de Gaza solo compra mercadería israelí porque es de mejor calidad. ¿Por qué no dicen eso? Vean cómo viven en Gaza y se llevarán una sorpresa.
Vengan y vean. No tienen agallas para venir y ver que se equivocan. En Gaza viven mejor que en muchos países árabes gracias a la ayuda de Israel. Y nosotros sufrimos los misiles por el fanatismo fundamentalista de los líderes que le lavan el cerebro al pueblo.
Ataquen a Hamás, ¡idiotas útiles!, porque nos están bombardeando a todos nosotros. No tenemos una ametralladora en la mano. Somos población civil. Y, por supuesto, tenemos el derecho a defendernos. Cuando cae un misil, sacan de nosotros lo peor que tenemos adentro. Los judíos no sabemos odiar y ellos nos quieren enseñar a hacerlo. Amamos la vida, que es sagrada, y ellos aman la muerte. Pero, ¡no lo lograrán! Saben que nos defenderemos. Ya la sangre judía no se negocia.
Se escucha la sirena. Se detiene el corazón y se reacciona rápido. Angustia, los chicos lloran. Hay personas que se quedan en su casa, especialmente los mayores que no pueden caminar rápido.
Cuando se escucha la sirena se detiene el corazón, pero eso no nos impide defendernos. La diferencia entre ellos y nosotros es que nunca disfrutaron la libertad que nosotros supimos conseguir desde el principio. No saben de democracia y le temen, porque de esa forma no podrían dominar a sus pueblos.
Se masacran entre ellos. Hamás contra Fatah, Gadafi contra su pueblo, Irán contra los reformistas. Todos contra todos. Solo Israel es un oasis de libertad en el Medio Oriente y por ello nos combaten. Somos un mal ejemplo para los pueblos y hay que borrarnos del mapa. ¡Nunca más!
Acostúmbrense. Ya no más. Con el corazón detenido por la sirena, cada cual corre hacia la protección segura de los refugios. Cada cual sabe qué debe hacer. Pelear por Israel es pelear por la vida y ese es el ejemplo que les damos a nuestros hijos. Así hemos sobrevivido a todos los pueblos de la historia. Desde las arenas del Néguev, verde y florecido por la mano del hombre, a línea de tiro de Hamás.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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