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Por Beatriz W. De Rittigstein
Hace poco, Recep Tayyip Erdogan, primer ministro de Turquía, decidió bajar el nivel de las que fueron fructíferas relaciones diplomáticas con Israel y romper los acuerdos militares que durante décadas se desarrollaron entre ambos países.
Erdogan, quien intenta mostrarse como un islamista moderado, concretó un anhelo que, desde que alcanzó el poder, no ha disimulado. Así, se sirvió de una vil excusa para cubrir con una frágil capa de corrección política, su separación de un veterano aliado.
Desde un principio, el premier turco pretendió que el gobierno israelí se disculpe por los eventos de mayo de 2010, en el buque Mavi Mármara y la muerte de nueve ciudadanos turcos. Sin embargo, hay un hecho incontrovertible: esas personas pertenecían al IHH, el cual, a simple vista, parece un movimiento dedicado a la asistencia humanitaria, pero es obvia su conexión con el Islam radical y sus métodos terroristas. De hecho, los familiares de la mayoría de los muertos en el Mavi Mármara, públicamente confesaron que la intención de éstos no fue llevar ayuda a Gaza, sino la de convertirse en mártires. Frente a la realidad, el primer culpable es el propio Erdogan, quien debió ejercer su autoridad e impedir el embarque de los terroristas; e incluso, evitar que el Mármara zarpara, debido a que una parte de sus pasajeros estaban comprometidos con la Jihad.
En el presente, Erdogan, demostrando que está dispuesto a aprovecharse de la crisis política que enfrenta Egipto, y tal vez con la ilusión de recobrar el poderío del Imperio Otomano, proyecta controlar la navegación en el Mediterráneo oriental.
La transformación de Turquía en manos de Erdogan, no corresponde a un socio conveniente para la OTAN ni para la seguridad del mundo.

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