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Por Elías Farache S.
Un intercambio de prisioneros entre israelíes y palestinos ha devuelto a Gilead Shalit a casa, luego de más de cinco años de cautiverio.  1027 palestinos fueron liberados a cambio de Shalit.
Lo positivo del asunto es que cientos de familias se han de regocijar con la vuelta de sus seres queridos.  Que se abrió un canal de diálogo entre Israel y HAMAS, que ojalá de frutos en un futuro cercano.
Pero no nos engañemos ni ocultemos la verdadera situación.
El cambio resulta numéricamente de una desproporción absoluta.  Los prisioneros palestinos en celdas israelíes, llegaron allí como consecuencia de actos criminales o terroristas.  Para pagar culpas y porque en libertad constituían y  probablemente constituirán un grave peligro a la seguridad de los israelíes. Como se dice en la calle y argot israelí, tienen “sangre en sus manos”.
Shalit no es un criminal, no fue apresado para que respondiera por actos que hubiera hecho infringiendo ley alguna o haciendo daño a semejantes, ni por planificar algún atentado.  Fue tomado como rehén mientras patrullaba una zona cercana a Gaza, en una emboscada en la cual fueron asesinados dos compañeros suyos en las mismas funciones. Fue capturado con el objetivo explícito de ser canjeado por prisioneros en cárceles israelíes, convictos por crímenes. Esto no puede pasarse por alto.
Israel ha negociado y obtenido la libertad de su soldado, porque en la ética judía, la liberación de un prisionero es una prioridad incuestionable.  Está arraigado en lo más profundo del ser judío y constituye parte fundamental del código de honor de las Fuerzas de Defensa de Israel: nada es demasiado para que un soldado vuelva a casa. Pero esa negociación tiene los visos de un chantaje al cual Israel debió someterse, so pena de dejar una familia más israelí lamentado la pérdida de un ser querido.
Aunque uno trata de ver el lado positivo del asunto, de pensar que se abren puertas de diálogo y esperanza, en el terreno, manifestaciones infelices como “queremos otro Shalit” para lograr otros intercambios” no son nada reconfortantes.  Es difícil olvidar que durante cinco años no hubo acceso a Shalit, que la Cruz Roja no pudo hacer nada, que se hacían actos públicos celebrando un cautiverio cruel.  HAMAS no reconoce, no negocia y no quiere paz con Israel.  Algunos de los liberados por Israel son los victimarios confesos de ciudadanos israelíes, cuyas familias soportan el dolor de la pérdida y ahora, el saber que los asesinos no pagaron ni pagarán su condena.
El mundo y los hombres de bien celebran la liberación de Shalit y también de otros prisioneros. Esperamos que ése mundo, que tanto critica a Israel, le reconozca que en materia de principios éticos, respeto a la vida y demás valores humanos, está en un nivel muy superior a sus enemigos.  Y que la raíz del conflicto está precisamente, en esa forma distinta que se tiene de ver la vida, los acontecimientos y también, lo seres queridos. 
Esta vez, no hay lugar a muchas interpretaciones: 1027 por 1 es contundente, demoledor.

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