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Por Beatriz W. de Rittigstein
Venezuela hoy se conecta con los nutrientes del odio y la intolerancia.
Se dice que los países no tienen amigos, sino intereses. Sin embargo, Venezuela ayudó a numerosas naciones a alcanzar la democracia. En la década de los 70, la mayoría de los países del Sur del continente estaban dominados por regímenes opresores y nuestra "isla" democrática acogió a los que huían de las persecuciones.
Recordemos que Venezuela apuntaló la resolución del conflicto centroamericano con los Acuerdos de Esquipulas, de 1987. Protegió a Violeta Chamorro y su triunfo electoral de 1990, a fin de lograr la reconciliación nicaragüense. Medió para alcanzar el tratado Torrijos-Carter, de 1977, que reversó el canal a soberanía panameña.
Sobran ejemplos de la acción de nuestro país en coadyuvar procesos libertadores regionales, comenzando por la gesta independentista de Simón Bolívar.
En el presente se intenta transformar esa prodigiosa idiosincrasia a través de alianzas internacionales que nos enrumban a estrechar lazos con gobernantes execrables. De los más pavorosos, Ahmadinejad, quien se niega a mostrar el desarrollo nuclear iraní, aunado a un avance misilístico; su reelección presidencial está basada en dudosos resultados electorales; numerosos manifestantes fueron arrestados y torturados en la cárcel de Kahrizak. En días recientes designó como ministro de Defensa a Ahmad Vahidi, solicitado por Interpol debido a su complicidad en el ataque a la AMIA.
Muammar Kadafi fomentó el terrorismo; de los casos más sonados está el de Lockerbie. Y, Bashar Assad, heredó la presidencia de su padre, Hafez, quien masacró a su pueblo; ambos dieron refugio a nazis y terroristas.
Venezuela, amplia y generosa, siempre cultivó la convivencia armoniosa, pero hoy se conecta con los nutrientes del odio y la intolerancia, por lo que nuestro futuro es incierto.

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