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Por Beatriz W. De Rittigstein
Hace unas semanas, en un sermón televisado, el jeque Mohamed Husein, gran muftí de Jerusalén, instigó a la masacre de los judíos, escudándose en determinados dichos atribuidos a Mahoma y que son parte de los justificativos del Islam radical.
Estas circunstancias no son nuevas; es un intento de trasladar el conflicto árabe-israelí al sector religioso, a una guerra santa por mandato divino, en la cual no habría solución, sino la destrucción de Israel y del pueblo judío.
El Husein del presente, máxima autoridad islámica de los palestinos, sigue la tradición de otro muftí: Amin al-Husseini, quien encabezó pogroms contra la población judía de la zona, durante el Mandato Británico. Al estallar la II Guerra Mundial, al-Husseini se hallaba en Berlín, donde fue un firme aliado del Tercer Reich; asumió roles entre los nazis. Hay documentos y fotos que testimonian con claridad el objetivo común de crear un articulado programa de exterminio del judaísmo. Tras la toma de Yugoslavia, reclutó a musulmanes bosnios y albaneses para las SS. En 1942, se entrevistó con Hitler. Su propósito fue convencer al Führer de extender el exterminio de judíos a los territorios que la Francia de Vichy e Italia controlaban en el norte de África; también propuso que se bombardeara Tel Aviv.
Con la rendición de Alemania, escapó a El Cairo, donde prosiguió su actividad antijudía. Participó en la guerra del 48 contra el renacido Estado de Israel. Su insistencia en un antisemitismo religioso le hizo perder apoyos políticos y se vio obligado a radicarse en el Líbano.
En el presente, la memoria de aquel muftí que exacerbó el odio hacia los judíos, es venerada por los extremistas islámicos y vemos que el actual muftí sigue su perverso ejemplo.

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