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Por Guido Maisuls
La idea del sionismo siempre se fundamentó en la profunda conexión entre el pueblo judío y su tierra, un vínculo que comenzó hace casi 4.000 años atrás cuando Abraham se estableció en Canaán, posteriormente conocida como la Tierra de Israel. Los anhelos por Sion y la inmigración judía continuaron en el prolongado período de exilio que siguió a la conquista romana y a la destrucción del Templo en el año 70 dC.
En el pensamiento sionista, siempre fue central el concepto de la Tierra de Israel como el lugar del nacimiento histórico del pueblo judío y la convicción de que la vida judía en cualquier otro lugar es una vida en el exilio.
Nuestro pueblo judío sufrió a través de la historia grandes y dolorosos exilios, expulsiones, genocidios, persecuciones y discriminaciones, injustas acusaciones, conversiones forzadas y asimilaciones obligadas y nuestra gente resistió como pudo: luchando de frente, huyendo, escondiéndose, adaptándose, mimetizándose con el medio, nadando contra la corriente y a veces a favor de ella, el objetivo fue siempre sobrevivir como persona y como judío, aferrándose a uno de nuestros más sagrados principios: nuestro amor a la vida.
En los últimos sesenta años hemos sido merecedores del comienzo de nuestro retorno a nuestro hogar ancestral, la tierra de Israel. Desde los albores de la civilización hemos sido como un impetuoso y arrollador río caudaloso, que arrancando desde las primeras vertientes de agua pura y cristalina en nuestra formación como nación, ha recorrido grandes distancias históricas.
Se ha detenido en numerosas embalses y represas y luego ha continuado su persistente marcha hacia nuestro gran destino final, restablecernos y realizarnos definitivamente como pueblo en nuestro hogar nacional y así convivir armónicamente en el seno de las naciones del mundo, aportando de lo nuestro lo más valioso que tenemos y poniéndolo al servicio de toda la humanidad.
Continúan vigentes las viejas premisas de que el Sionismo es el movimiento de liberación nacional del pueblo judío y que tienen como objetivos primordiales:
1. La unidad del pueblo judío y la centralidad de Israel en la vida judía del mundo.
2. La reunificación del pueblo judío en su patria histórica, Eretz Israel, a través de la aliá desde todos los países del mundo.
3. La preservación de la identidad espiritual, cultural e histórica del judaísmo.
4. La protección de los derechos de los judíos en todos los lugares donde vivan.
La sociedad Israelí está transcurriendo por un proceso de crisis de identidad, signado también por grandes riesgos y contradicciones. Riesgos externos de enemigos que quieren destruirnos como siempre pero esta vez con la energía nuclear en juego. Contradicciones entre el país de los judíos como fue en su origen a convertirse en un país como todos, demasiado normal, demasiado occidental, demasiado capitalista, como tantos otros.
Los tradicionales paradigmas que hicieron posible que el ideal sionista se convirtiera en un Estado victorioso en una de las zonas más salvajes del planeta, los viejos paradigmas de Herzl, de Jabotinsky, de Ben Gurión, de los pioneros se están agotando.
Llega la hora de nuevos paradigmas, que impulsen a Israel por un novedoso camino que concluya con muchas tareas comenzadas pero no concluidas:
Eliminar definitivamente las amenazas de destrucción de nuestros enemigos de siempre.
Continuar congregando a los judíos desperdigados por el mundo en nuestro hogar nacional.
Desarrollar una sociedad vibrante y vital orientada a la justicia social, a la igualdad de oportunidades y a la paz comprometida con la vida.
Erigirse como un ejemplo que se expanda a toda esta sufriente humanidad de hoy que es sometida permanentemente a las guerras, a las injusticias, al hambre, a la intolerancia, a la injusta distribución de los beneficios y a las miserias de esta época de globalización.
Necesitamos de un nuevo sionismo, heredero de todas las utopías y realizaciones anteriores, lo necesitamos los judíos y también lo necesita esta humanidad. Aunque hoy, es absolutamente demonizado:
“Israel es la encarnación de Occidente para los antioccidentales, del imperialismo para los antiimperialistas, del infiel para los islamistas, del racismo para los propalestinos. Sobre este país se acumulan los estereotipos negativos. Es percibido como el Estado que sobra, que debería desaparecer para que la humanidad quedara libre del Mal. Este trato, absolutamente demonizador, es exclusivo para Israel”. Pierre-André Taguieff
Continúa absolutamente vigente la visión de ese gran profeta, Teodoro Herzl quien manifiesta, en “El Estado Judío (1895): el mundo se liberta con nuestra libertad, se enriquece con nuestra riqueza y se engrandece con nuestra grandeza”.
Todos nosotros tenemos el derecho y el deber de poder ser herederos de la tierra de Israel y de continuar viajando hasta el final de la historia, hacia la desembocadura de nuestro caudaloso río en el ancho y profundo Océano del Futuro.
“Si me olvidare de tí, oh Jerusalén, mi diestra sea olvidada. Mi lengua se pegue a mi paladar, si no ensalzare a Jerusalén como preferente asunto de mi alegría”. (Salmos 137:5-6).

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