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El Artista
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Por Julián Schvindlerman
La invención de Hugo Cabret, última y bella película de Martin Scorsese, homenajea los orígenes del cine y rinde tributo al más destacado pionero después de los hermanos Lumière, el genial Georges Méliès. Basta con ver algunos de sus films online -El hombre de la cara de caucho (1901), El demonio negro  (1905), Las alucinaciones del baron de Münchhausen (1911)- para apreciar la creatividad escénica, talento fílmico e inventiva visual de este director original. Aunque mayormente los cortos que pueden verse pertenecen al género de la comedia -verlos en una retrospectiva de más de cien años, con su exagerada gestualidad actoral, simpleza argumental y trucos cinematográficos rudimentarios, acrecienta el sentido de la comicidad- Méliès filmó también dramas políticos y relatos bíblicos, dos de ellos directamente relacionados con la historia judía. Abordaremos ello en un instante.
Georges Méliès nació en París en 1861 y a pesar de su vocación artística fue obligado por sus padres a ingresar al negocio familiar del calzado. Una vez que su padre se retiró, Méliès rehusó continuarlo y compró, en 1888, un teatro donde montaría espectáculos de magia e ilusionismo. Luego de ver, en 1895, la primera película de los hermanos Lumière, se orientó al cine, para lo cual debió construir su propia cámara de filmación ante la renuencia de los Lumière a venderle una. En 1902 escribió, dirigió, produjo y actuó en su obra cumbre: El viaje a la luna. La escena en la que un cohete se incrusta en la cara de la luna es una de las imágenes más entrañables y reconocidas en la historia del celuloide. Inspirada en las obras de Julio Verne De la tierra a la luna (1865) y de H.G. Wells Los primeros hombres en la luna (1901), con un presupuesto millonario para la época, catorce minutos de duración, actores, acróbatas de circo y bailarinas de ballet en escena, y efectos especiales de vanguardia, se convirtió en una película exitosa al punto que técnicos que trabajaban para Thomas Alva Edison la piratearon y comercializaron en los Estados Unidos sin abonar un centavo al director francés. Es un film icónico y el primero del género de ciencia ficción. Fue el corto número cuatrocientos de una filmografía de alrededor de quinientas que legó Méliès. Lamentablemente, tal como Scorsese relata, sólo unas pocas sobrevivieron. La Primera Guerra Mundial lo cambió todo. En su penuria económica y abatimiento existencial, Méliès destruyó algunas y se vio forzado a vender otras para ser usadas como materia prima en la fabricación de tacos para zapatos de mujer (¿irónica revancha póstuma paterna?). En 1913 abandonó la cinematografía.
Como tantos otros cineastas, Méliès fue testigo de su época. El juicio al capitán Alfred Dreyfus sacudió a la sociedad francesa del siglo XIX de la cual él era parte. Francia quedó partida en dos bandos, editoriales encendidos fueron publicados en la prensa, hubo duelos públicos en las calles, grescas en la cámara de diputados, disturbios antisemitas en varias ciudades. Un año y medio después de la publicación del J´accuse! De Émile Zola, Méliès comenzó a rodar once cortos que retrataron el arresto, la degradación, el juicio y el encarcelamiento en la Isla del Diablo del capitán judío. Méliès era católico y su postura favorable a Dreyfus causó una gran conmoción. La exhibición de esta miniserie de trece minutos usualmente concluía con la audiencia a puñetazos y paraguazos. En la que es considerada la primera instancia de censura política sobre un film, el gobierno francés prohibió nuevas exhibiciones de la película por incitar al desorden público y posteriormente prohibió cualquier película que abordara el tema, disposición que se extendió hasta 1950.
En 1904, a cinco años del estreno de El caso Dreyfus, Méliès realizó otro film relacionado a la temática judía. Bizarro y en un sentido ininteligible, El judío errante puede dejar perplejo a más de uno. El corto muestra a un judío de barba larga y vestido de túnicas, deambulando sobre rocas valiéndose de un largo palo, agobiado por visiones de Jesús cargando una gran cruz en lo que ha de ser la vía dolorosa, acosado por el diablo primero y echado del lugar por la Virgen María después. En la escena final, con el trasfondo de un cielo colmado de relámpagos, el judío se golpea el pecho e implora el perdón divino. Si Méliès tan solo reflejó la posición del judío en el dogma católico de su tiempo, si pretendió validar esa concepción o contrariarla, es difícil de determinar. Al espectador judío, este corto de tres minutos seguramente lo incomodará.
Muchas de sus películas fueron entretenidas. Pero ello no debe distraernos del muy real compromiso político de este cineasta francés. En El viaje a la luna puede resultar divertido ver hombres vestidos formalmente, con grandes galeras, largos bastones y prominentes mostachos, caminado en la superficie lunar, pero puede también advertirse una crítica ideológica al colonialismo europeo de la época cuyos emisarios aterrizan en un nuevo mundo, luchan contra los nativos y terminan escapándose apresuradamente. Su decisión de realizar un documental de denuncia acerca del acontecimiento político máximo de la Francia del fin de siècle y tomar partido por el capitán judío injustamente humillado, jugándose todo su prestigio y medio de vida, de modo similar da testimonio a su humanismo y nobleza. Quizás por ello terminó sus días vendiendo juguetes en la estación de trenes de Montparnasse… hasta que fue rescatado del olvido por el director de una revista de cine que lo reconoció al pasar.

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