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Por Beatriz W. De Rittigstein
Hace poco, en uno de los programas nocturnos del canal del Estado, Venezolana de Televisión, el animador criticó un artículo de prensa en el que su autora analizó posibles significados y connotaciones de determinado insulto, específicamente "cochino". El conductor de dicho programa pasó a la palabra "marrano" y manifestó que así se le dice a los judíos que adoptan otro credo; pero su explicación fue muy singular, afirmó: "se le dice a los judíos cuando se salen de la religión judía, se les dice marranos. Eso es cuando el judío deja de profesar la fe judía y se pasa al catolicismo o cristianismo. Es decir, si el judío le dice marrano al converso no es un insulto… Que Chávez le diga cochino por la acepción que estábamos diciendo, resulta que es un insulto. Pero los judíos ¿cuando le dicen marrano a un converso no es insulto?".
Esa explicación no es cierta y corresponde aclarar que desde los inicios del siglo XIII, en la Península Ibérica se obligó a cientos de miles de judíos a convertirse al catolicismo como la única opción de salvar sus vidas. Numerosos conversos prosiguieron a escondidas con la práctica de la religión en la que habían nacido. Precisamente, la sociedad católica de esa época, heredera del oscurantismo de la Edad Media, la que los forzó al bautismo, los llamó marranos. Constituyó una manera hiriente y despectiva de señalar que continuaban sus leyes alimenticias, en referencia a la prohibición de comer cerdo en el judaísmo.
Cabe preguntarnos si estamos involucionando a aquellos lóbregos tiempos, pues de nada vale repetir múltiples veces que no son antisemitas, si cada vez que se acercan a un espinoso tema relacionado con el pueblo judío, la mala voluntad y las acusaciones van por delante.

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