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Por Rebeca Perli
La verdad, por contraste, así sea en el plano teórico y en situaciones como la nuestra, resulta, subversiva. Estamos seguros que ni Felipe González, ni Ricardo Lagos, ni Fernando Henrique Cardoso, tres presidentes que de alguna forma debieron enfrentar no solo las dictaduras imperantes en sus países sino procesos políticos dirigidos al (re) establecimiento de la democracia, quisieron interferir, directamente, en asuntos internos venezolanos. Mucho menos despertar la ira fácil del comandante en jefe, cuya sensibilidad a las críticas, proporcional al tamaño de sus infracciones a las reglas democráticas, incita a la prudencia y a la mesura cuando se trata de hablar, incluso en abstracto, sobre temas tan cotidianos como la pluralidad, la tolerancia o la libertad.
Claro, alguien podría hablar de una fijación, de una obsesiva tendencia a relacionar el caso venezolano con reflexiones de carácter general como "… la esencia de la democracia es la aceptabilidad de la derrota (Felipe González). O, al escuchar decir a Cardoso que "la gente no acepta un socialismo que no incluya la libertad. U observar a Lagos exclamar que "los presidentes deben pensar en la próxima generación y no en la próxima elección".
¿Iban lanzados al desgaire esas reflexiones? ¿Se trataba de expresiones dirigidas a todos en general y a nadie en particular? ¿Habrían dicho lo mismo en un auditorium bogotano, limeño o santiagueño? No lo sabemos, pero sí estamos seguros de que en esas ciudades los públicos andan pendientes, incluso, angustiados, por dilemas menos básicos que la sobrevivencia de la democracia o la existencia de un socialismo que es militarismo.
Aún así, incluso si la intención de los ponentes era otra muy distinta a la que interpretó el diverso público caraqueño con sus reacciones, el resultado fue el mismo. Y no podía ser de otra manera porque los tres tenores (lo dijo Cardoso) han vivido en carne propia y con distintos tipos de sufrimientos y privaciones igual número de dictaduras más o menos feroces, más o menos represivas, más o menos asesinas.
Pero no se trata de simple retórica, saben de lo que hablan y el comedimiento de los tres quizás obedezca a un cierto margen de credibilidad en el régimen venezolano. No en balde González quería reunirse con Chávez, señal de que por lo menos puede ser escuchado (no sería la primera vez) y reforzar en el enfermo de Miraflores la idea de que, sobre todo en democracia, todo tiene su final, incluso un insaciable apetito de poder que desaparece con el punto final de un texto llamado elecciones. Así que, democráticos, pero subversivamente democráticos.

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