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Por Rebeca Perli
El 23 de abril de 1616 fallecieron tres colosos de las letras: William Shakespeare (según el calendario juliano), Miguel de Cervantes Saavedra, y el Inca Garcilaso de la Vega. Tan extraña coincidencia fue motivo para que la Unesco declarara esa fecha Día Internacional del Libro, ocasión propicia para exposiciones, conferencias, presentación de textos, homenajes a autores y otras manifestaciones culturales. En España, en honor a San Jorge, quien también falleció un 23 de abril, pero del año 303, y es patrono de varias comunidades autónomas de ese país, se acostumbra intercambiar un libro y una rosa blanca, para conmemorar el hecho de que en esa flor se convirtió la sangre del dragón que mató San Jorge para salvar a una princesa.
Si bien es esta una hermosa tradición, el Día del Libro debería ser también motivo de reflexión ya que las ediciones en papel se están enfrentando a un poderoso rival: el libro electrónico. Claro que la sustitución del primero por el segundo no está prevista para un futuro inmediato, pero la tendencia ya se refleja en el dominio que nuestros nietos tienen de las computadoras, cuyo bombardeo de información difícilmente deja espacio para la selección y, sobre todo, el análisis del material al que se tiene acceso.
Pero el avance de la tecnología es apabullante y no es posible -ni recomendable- detenerlo ni evadir sus tentáculos. Yo ya compré mi libro electrónico y no puedo negar las ventajas de poder llevar tres mil ejemplares en la cartera, aunque nada es comparable a tener entre las manos un volumen de cuyas páginas surge la magia de las letras y las imágenes; nada como disfrutarlo en el santuario de una biblioteca, releer dedicatorias o regalarlo y recibir a cambio una rosa.

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