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Por Rebeca Perli
Israel: un Estado de cuya declaración de independencia se están cumpliendo 62 años. La primera vez que viajé a Israel fue en 1959, para encontrarme con un país rural, casi desértico, en el que, no obstante, ya se atisbaba la pujanza que lo conduciría por los senderos del progreso.
La segunda vez fue en 1967, en la pos Guerra de los Seis Días cuando el mundo estaba todavía bajo el impacto de la proeza de Israel que, en menos de una semana, logró abatir los ejércitos de Egipto, Jordania y Siria, apoyados por Irak y la Unión Soviética, que pretendían echar a los judíos al mar. Pero la memoria colectiva es frágil y ya el mundo olvidó que los territorios ahora en negociación, son consecuencia del derecho de Israel a defender su existencia.
He vuelto a ese país en varias oportunidades y en cada una de ellas me ha asombrado su efervescente desarrollo. Los descubrimientos científicos, los aportes tecnológicos, las artes, están a la orden del día. Todo es importante, con las ventajas y las vicisitudes inherentes a una democracia abierta a todas las tendencias.
Hoy Israel tiene ante sí un futuro brillante, para frustración de quienes quieren ver su destrucción y de quienes consideran que el pueblo judío debería conservar la condición de víctima que se le ha endilgado a través de los siglos como consecuencia de una larga cadena de persecuciones. Pero el ciudadano israelí está consciente de que su condición de mártir ha sido superada, y la euforia que lo embargaba en los primeros años del regreso a su patria ancestral se ha transformado en un sereno sentimiento de identificación con esa tierra que ha trabajado centímetro a centímetro, como si cada piedra fuera una valiosa gema, hasta lograr un Estado prácticamente hecho a mano, de cuya declaración de independencia se están cumpliendo 62 años.

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