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Por Beatriz W. de Rittigstein 
Los "pacifistas" tenían el plan de provocar primero y explotar después la tragedia.
En octubre de 2000, en Ramallah, el fotógrafo de The Sunday Telegraph, Mark Seager, fue testigo del linchamiento por una turba enardecida de un soldado israelí. Otro soldado, tras ser golpeado con saña, fue arrojado desde la ventana de la estación de policía. Tenemos presente la foto del joven palestino que festejó el linchamiento mostrando sus manos ensangrentadas.
Esta ejecución en la que la muchedumbre palestina destripó a dos soldados israelíes que por confusión llegaron a la zona, fue el recuerdo más próximo de los soldados israelíes que tomaron el barco turco Mármara. Los videos y las fotos lo confirman. Luego, los soldados dispararon, de lo contrario hubieran sido linchados.
Todo indica que ha sido un enfrentamiento buscado, en el que los "pacifistas" tenían el plan de provocar primero y explotar después la tragedia. Una forma más que se suma a la pretensión de deslegitimar a Israel, pues sin duda, detrás de ONGs, activistas ingenuos y ayuda, está la perversa cara de Hamas e Irán. Además se percibe la complicidad del gobierno turco, que en este caso debería dar explicaciones.
Lo ocurrido tuvo varias ventajas, entre ellas la distracción de la opinión pública mundial que, hasta antes del suceso de la flotilla, manifestaba preocupación por el sospechoso programa nuclear iraní. De hecho, la Media Luna Roja de Irán prepara el envío de dos buques con ayuda para Gaza, escoltados por navíos de guerra de la Guardia Revolucionaria. Anuncia su llegada para los próximos días, precisamente cuando la ONU ya aprobó nuevas sanciones contra el régimen de los ayatollahs y se cumple un año de las fraudulentas elecciones que impusieron la reelección de Ahmadinejad. Una provocación criminal en extremo peligrosa.

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