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Por Jacqueline Goldberg
¿Cómo carear libertad de cultos y una brutal bofetada? No es paradoja ni rutina. No en Nueva York, donde se plantea erigir una mezquita y un centro cultural musulmán a unos pocos pasos del lugar en el que se hallaban hasta el 11 de septiembre del 2001 las Torres Gemelas del World Trade Center.
El problema no radica en que se construya en Manhattan un centro islámico, lo relevante es su inoportunidad, su simbolismo, su vocación de lacerante remembranza. Una mezquita allí, donde se perpetró uno de los atentados terroristas más atroces de la Historia, puede ser entendida como el levantamiento de un monumento a la infamia, un memorial de infortunios que dignifica la crueldad, que hace parecer prescriptible el horror. Es, además, la persistencia de una muy antigua conducta civilizatoria: erigir santuarios o espacios de poder sobre las ruinas del enemigo caído. Eso hicieron el Imperio Romano a su paso, Hernán Cortés al concebir el Palacio Nacional sobre las ruinas del Palacio de Moctezuma en Ciudad de México y los españoles al construir la Catedral de Cuzco tras la destrucción de edificaciones incaicas que a su vez se hicieron sobre ruinas preincaicas.
En aras de la tolerancia de la que se han jactado los neoyorkinos, la discusión sobre el tema no ha pasado aún, insólitamente, a mayores, aunque un cincuenta y seis por ciento de los neoyorkinos dice estar en contra de que se materialice este edificio de trece plantas —a llamarse Córdoba House— valorado en cien millones de dólares. Ha habido protestas callejeras a favor y en contra, un arzobispo preocupado por los valores llamando a que los detractores y defensores del proyecto se relajen y dialoguen, pero no mucho más.
Por su parte, el Presidente estadounidense, Barack Hussein Obama, dijo no arrepentirse de sus primeros comentarios sobre el polémico proyecto —manifestados en la Casa Blanca durante una cena con la comunidad musulmana— que se apoyaban en el “inquebrantable derecho a la libertad religiosa” que recoge la Constitución de su país. Sin embargo, horas después, la avalancha de críticas lo obligó a matizar sus palabras asegurando que en ningún momento se pronunció sobre la prudencia de levantar la mezquita en la sensible zona.
Para colmo de los colmos, el movimiento terrorista Hamás, a través de uno de sus fundadores, respalda la edificación en la Zona Cero: “Tenemos que construir esa mezquita, como ustedes pueden construir sus iglesias y los israelíes sus lugares santos”, dijo Mahmud A-Zahar en una entrevista a la emisora de radio WABC que recogió el diario New York Post. Esto, sin embargo, tampoco ha causado el revuelo que hubiese podido preverse. Al parecer el tema sólo corroe las entrañas de las miles de familias que perdieron a seres queridos en el ataque a las Torres Gemelas. Sólo ellos, las víctimas, saben del auténtico dolor. Sólo ellos y sus hijos y sus nietos pasarán frente a esa posible mezquita y recordarán aquel demencial 11 de septiembre, perpetrado por asesinos que tantas veces rezaron en una mezquita. Sólo ellos se preguntarán luego por qué no la hicieron un poco más lejos —sólo un poco— donde doliera menos, donde su simbolismo fuera sagrado y no de barbarie, en la Zona Cero.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita /
www.nmidigital.com

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