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El círculo vicioso
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Por Beatriz W. De Rittigstein
Con verdadera consternación observamos la forma en que se ha banalizado el uso de uno de los símbolos que con mayor energía ha representado el horror, la tragedia para la humanidad: la esvástica.
Extremistas de izquierda la destinan para acusar a sus antagonistas de manera frívola y sin contenido. Y, la ultraderecha, con el propósito de amedrentar a los que consideran sus opositores. En ambos casos y por igual, tal como lo muestra la metáfora de la serpiente mordiéndose la cola, desarrollan una abrumadora intolerancia, cercana a la que se expandió en tiempos del III Reich.
La esvástica nació unos 5 mil años antes de que el Führer la utilizara como símbolo de su régimen de terror. Proviene del sánscrito y significa fortuna; es un signo sagrado para el hinduismo. También, en Europa se hallaron en artefactos anteriores al cristianismo. Por ello, movimientos völkisch la asumieron como emblema de sus remotos antepasados. Tras la I Guerra Mundial, grupos de extrema derecha adoptaron la esvástica asociándola a la absurda idea de un Estado racialmente puro. En Mein Kampf, Hitler adelantó que haría parte de su bandera.
En nuestros días, con el fortalecimiento del fanatismo, vemos por ejemplo, en las profanaciones de los cementerios judíos, junto a consignas de odio, esvásticas garabateadas. Del mismo modo, en Venezuela, en los últimos diez años, como nunca antes, fueron frecuentes las marchas del partido de gobierno que, en su recorrido frente a la sinagoga Tiferet Israel, pintaban el puro exterior con lemas antijudíos, amenazas y la acostumbrada esvástica. ¿Sabrán qué significa? ¿Se darán cuenta que ese símbolo del horror define más a los que la dibujan que a cualquier adversario al que pretendan endilgársela?

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