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Por Beatriz W. de Rittigstein
La inestabilidad en la región proviene de Irán, promotor del radicalismo islámico.
Pese a la lucidez de Mario Vargas Llosa en diversos temas, su reciente artículo "La cuadratura del círculo" cae en una repetida obsesión, llena de contradicciones.
Comencemos por el asunto del carácter judío de Israel. En 1947, la ONU decretó la partición de la zona en dos Estados, uno árabe y otro judío. El nombre de Israel proviene de la historia de la nación judía en su propia tierra. Y así como los árabes hablan de la creación del Estado palestino, Israel habla de su legitimidad como Estado judío. El que los palestinos se nieguen a reconocerlo, obstruye el diálogo.
Con el éxito de las negociaciones, el Estado palestino será una realidad. De hecho, de los acuerdos de Oslo surgió la Autoridad Nacional Palestina.
En Israel, las instituciones funcionan y la independencia de poderes es vigorosa. El fracaso de Oslo no se debe al asesinato de Rabin; ambos reveses fueron consecuencia del doble discurso de Arafat, que por un lado firmó la paz y por otro, en vez de democratizar su sociedad, permitió los embates terroristas; recordemos los numerosos hombres-bomba que se estallaban en ciudades israelíes.
La inestabilidad en la región proviene de Irán, promotor del radicalismo islámico, del terrorismo de Hezbollah y Hamás, al cual le temen sus vecinos.
El escritor menciona la pugna entre los palestinos como un asunto de menor importancia para la solución del conflicto, concentrando la responsabilidad y exigencias en Israel. No obstante, el mayor obstáculo radica en que Israel no tiene una contraparte con suficiente solidez en el lado palestino.
La sagacidad de Vargas Llosa debió llevarlo a plantear con objetividad la situación. El omitir unos sucesos, enfatizar otros y defender lo que no aceptaría para su país, no resulta en una perspectiva real ni equitativa.

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