Recuerdos de una visita a Yad Vashem

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Por Daniel Pujol
La visita a Yad Vashem requiere mucho más tiempo para poder asimilar bien todo lo que allí se expone que las dos o tres horas que le pudimos dedicar. De entrada, me llamó la atención la arquitectura y el diseño de los diferentes espacios, algunos de ellos realmente conmovedores, como el destinado a la Memoria a los Niños, o la Sala de los Nombres.
Especialmente quiero destacar el edificio del Museo Histórico. ¡Cómo parece surgir de la tierra para proyectarse abiertamente hacia el espacio, hacia Jerusalén, abriéndose a la esperanza! Una esperanza que deseo jamás se vea frustrada.
El nombre de esta institución proviene de las palabras del profeta Isaías: “Yo les daré lugar en mi casa y dentro de mis muros, un nombre perpetuo que nunca perecerá”. Monumento y nombre. Esto es, precisamente, Yad Vashem.
Hubo muchas cosas que me impactaron en esta visita. Quiero referirme ahora a estas breves líneas que leí:
“Escrito a lápiz en el vagón de carga sellado:
Aquí en este vagón
Soy Eva
Con mi hijo Abel
Si ves a mi chico mayor
Caín hijo de Adán
Dile que yo…”
Palabras anónimas, que por eso mismo tienen una aplicación universal. No se puede decir más con menos para que se te forme un nudo en la garganta. Estas conmovedoras palabras me llevan rápidamente a recordar lo que leemos al principio del Primer libro de Moisés. En él encontramos el relato del primer asesinato cometido en la historia de la humanidad. Por una cuestión de rivalidad, Caín mata a su hermano Abel. Y no es tanto el hecho de que este crimen, que lamentablemente se ha venido repitiendo tanto a lo largo del tiempo, ocurriera por primera vez lo que llama la atención, sino la pregunta que la voz divina le dirige a Caín: “¿Dónde está tu hermano?” Y su respuesta: “No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”.
Somos hijos de Adán y Eva
“Es indudable que quien escribió aquellas breves palabras en el vagón de carga hacía una referencia directa a este momento en la historia primigenia de la humanidad. No es mucho lo que se puede comentar al respecto. ¡Lo que dice es tan solemne! Lo que sí quisiera notar son las palabras de amonestación dirigidas a Caín, y por extensión al resto de seres humanos implicados en situaciones parecidas: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”. ¡No puede ser que tales crímenes queden impunes!
Más adelante, en el mismo libro de Moisés, y tras el juicio del diluvio que asoló a la humanidad, la misma voz habla a Noé y a sus hijos diciéndoles: “Ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas, de mano del varón su hermano demandaré la vida del hombre”.
Muchas veces tenemos la sensación de que esta sentencia ha caído en el olvido. Es cierto que muchos de los que cometen estas muertes horrendas no llegan a pagarlo en esta vida. No obstante, si hay tal cosa como la Justicia, sea en el tiempo o fuera del tiempo, ese clamor ha de ser contestado. ¡Y ciertamente que lo será! Y es que en verdad todos somos hijos de Eva y de Adán; en un sentido todos somos hermanos. Como dijera Saulo: “El Creador, de una sangre, hizo todos los linajes de la tierra”. Esto hace que seamos responsables cuando se ha tratado de quitar la vida a un semejante tan sólo porque no nos gusta, porque no es de nuestra misma raza, porque tiene una religión que no es como la nuestra, unas ideas políticas diferentes; simplemente porque es distinto a nosotros.
Hace algo más de cinco años, rechazando toda presunta negación del Holocausto como hecho histórico, la Asamblea General de las Naciones Unidas escogió el día 27 de enero, aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz por las tropas soviéticas, como Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas de la Shoá. La intención es que ningún tipo de genocidio vuelva jamás a ocurrir en este mundo. Lamentablemente la Shoá no ha sido el último. Ha habido otros después de este, incluso también en Europa (por ejemplo, en los Balcanes), en Asia, etc. Está sucediendo ahora mismo en África. Con todo, hemos de proseguir con ahínco en educar a las generaciones siguientes para erradicar este mal tan inhumano que avergonzaría a los animales más feroces.
Como reza el folleto guía del visitante de Yad Vashem: “El Holocausto constituye un desafío a las creencias fundamentales y a los valores de la civilización humana y una advertencia para nosotros y para las generaciones venideras”.
Todos los seres humanos tendríamos que pasar por Yad Vashem para concienciarnos debidamente de que no podemos evadir esta nuestra responsabilidad humana. No es posible banalizar el mal sin más. Y responsabilidad nos habla de respuesta. Seguramente, tarde o temprano, tendremos que responder a la pregunta:
“¿Dónde está tu hermano?”.

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