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Por Julián Schvindlerman
Desde que Hitler le dio un mal nombre al odio a los judíos, los antisemitas han estado buscando la manera de seguir siendo antisemitas bajo la protección de una cierta fachada. Esa fachada es el antisionismo. No toda crítica a Israel encierra odio a los judíos. Pero muchas veces sí lo hace, y es utilizada como máscara para desviar acusaciones de antisemitismo. Que no siempre las condenas al estado judío conlleven antisemitismo, no significa que nunca lo conlleven. Por momentos luce como si se quisiera privar a los judíos de la posibilidad de señalar la existencia del antisemitismo en el discurso anti-israelí. “¿Acaso no se puede criticar a Israel?” Preguntó cierta vez un periodista televisivo a Pilar Rahola en un importante programa de actualidad. “El problema”, respondió Rahola, “no es que no se pueda criticar a Israel, sino que exclusivamente se critica a Israel”.
La crítica política a Israel, como ya hemos dicho, es válida. Es la crítica antisemita -disfraza de legítima condena política- la que debe ser señalada. El hecho de que muchas de las difamaciones antiisraelíes sean fomentadas por judíos no inmuniza a nadie, ni siquiera a ellos mismos, del cargo de antisemitismo. Una calumnia, aún si promovida por judíos o por israelíes, sigue siendo una calumnia. El que un hombre o una mujer cuyos padres son judíos sea quien difunda mentiras sobre Israel no legitima ni un ápice su diatriba. En todo caso el fenómeno del auto-odio judío es legendario. A lo largo de la historia ha habido judíos que han interiorizado, hecho propia, la condena del antisemita. No pudiendo soportar tanta hostilidad y con la vana esperanza de agradar y ser aceptado, se han abocado a la tarea imposible de remover lo que hay de judío en el o ella. Una forma convencional de convencer a otros y a sí mismo de su despojo es atacar a sus hermanos. Muchos de los más fieros judeófobos de la historia medieval han sido judíos conversos al catolicismo: Petrus Alfons, Nicholas Donin, Pablo Christiani, Avner de Burgos, Guglielmo Moncada y Alessandro Franceschi. (Incluso se ha especulado sobre el inquisidor Tomás de Torquemada). El poeta alemán Heinrich Heine opinaba que “el judaísmo no es una religión sino una desgracia”. El escritor Moritz Sapir consideró que “el judaísmo es una deformidad de nacimiento, corregible por cirugía bautismal”. Algunos llegaron a odiar tanto su condición que terminaron suicidándose, tal el caso del psiquiatra y filósofo austríaco Otto Weininger.
Una admiradora suya fue la renombrada poetisa judeo-norteamericana Gertrud Stein, quién en 1934 confesó al New York Times su visión de que “Hitler debió haber recibido el Premio Nobel de la Paz”; posteriormente gozaría de la protección de colaboradores del régimen filo-nazi de Vichy en Francia. La teórica del Marxismo Rosa Luxemburgo escribió en una carta privada: “¿Por qué recurres a mí con tus penas especiales judías?…No puedo hallar un rincón especial de mi corazón por el ghetto”.(56) El propio Karl Marx expresó hostilidad al judaísmo en su ensayo de 1843 Sobre la Cuestión Judía: “La emancipación social del judío es la emancipación de la sociedad respecto del judaísmo”.
El periodista austriaco Arthur Trebisch ofreció sus servicios a los nazis, a los que instó a no cesar en su combate contra los judíos. Dejó testimonio de su sentir: “…cargo yo la vergüenza y la desgracia, la culpa metafísica de ser judío”. El canciller austriaco más firmemente antiisraelí de las últimas décadas -Bruno Kreisky- fue un judío. Algunas de las personalidades más famosas del antiisraelismo actual son judíos: desde Noam Chomsky hasta Juan Gelman. En otras palabras, uno puede ser judío y albergar sentimientos negativos respecto de los judíos y el estado judío. Aún cuando no todos los nombres recién referidos encajen en la definición del auto-odio, a la luz de sus declaraciones no puede disputarse que queda en evidencia algún grado de enajenación identitaria. En todo caso, este no es el punto principal aquí, ni es un debate que deseamos promover.
No estamos evaluando la identidad religiosa del crítico, ni como él se ve a sí mismo en torno a esa identidad, ni si se odia a sí mismo o no, sino su actitud. Cuando los censores de Israel -judíos o no- incurren en demonizaciones como las que hemos descrito en estas páginas -muchas de ellas similares en su naturaleza a las difamaciones colectivas que han sido históricamente lanzadas contra los judíos, sólo que esta vez reorientadas al estado judío- tienen la obligación de respaldar racionalmente sus reclamos de que ellos no están adoptando una conducta antisemita. Es insuficiente que declaren que están siendo injustamente tratados como tales y así erigir una especie de escudo protector moral. Ellos deben justificar racionalmente porqué creen que los israelíes son nazis, deben presentar evidencia empírica que sustente la noción de que los sionistas son imperialistas, y deben poder argumentar lógicamente por qué motivo sienten que las políticas israelíes constituyen un Apartheid. Elegir eludir el desafío y en su lugar actuar cómodamente el rol del intelectual ofendido es un acto de cobardía.

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